viernes, 30 de diciembre de 2011

Un año de lecturas (2011)

Una lista de los libros que más me gustaron, los que más disfruté, no necesariamente “los mejores”.

Los que esperaba:

Quartet (Jean Rhys)
The Puttermesser Papers (Cynthia Ozick)
Silence (Shusaku Endo): Traducido al inglés por W. Johnston.
El atentado (H. Mulisch)


Los que no esperaba y me sorprendieron:

La boda de Ángela (José Jiménez Lozano)
Brooklyn (Colm Tóibín)
Less Than Angels (Barbara Pym)
The Fortress of Solitude (J. Lethem)
Velocidad de los jardines (Eloy Tizón)


Algo de no ficción:

Comentarios reales de los incas (Inca Garcilaso de la Vega): Hay libros a los que hay que acercarse con algunos años encima para saber disfrutarlos y valorarlos como merecen.

Colonial Habits: Convents and the Spiritual Economy of Cuzco, Peru (Kathryn Burns).


Sólo para fans :
Offshore (P. Fitzgerald)
Entre mujeres solas (C. Pavese)



Además… la gran decepción:Doctor Pasavento (Vila-Matas). ¿Las razones? Las explica mejor Vicente Luis Mora.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Dos breves novelas

Por estos días he estado leyendo, entre otras, dos novelas breves que fueron seleccionadas, en distintos años, como finalistas del premio Booker y que, a pesar de su excelencia, finalmente no lo obtuvieron.
Master Georgie, de Beryl Bainbridge, fue seleccionada además, en una encuesta, como la mejor entre otras cinco obras de esta misma autora que fueran, en distintas épocas, finalistas del mencionado Booker.
Esta obra está narrada, de manera alternada, por tres de los protagonistas, de manera que cada cual puede ofrecer al lector su particular perspectiva de los sucesos y del conjunto de los personajes que intervienen en ellos.

Con esta técnica se consigue despistar al principio, pero sirve para crear una impresión muy clara de lo subjetivas y fragmentarias que pueden ser las narraciones que hacen las personas sobre las cosas que las afectan más de cerca.

Progresivamente se va conociendo cuáles son las verdaderas relaciones que existen entre todos los personajes y los sentimientos que los unen. El efecto que se busca producir a partir de las cosas relatadas –más allá de lo desagradables que en sí mismas resultan las peripecias de una guerra, como fue la de Crimea (1853-6), trasfondo principal del relato– es chocante e inesperado. Se trata de revelar paso a paso una realidad truculenta y escabrosa, debajo de una apariencia de respetabilidad victoriana. En su brevedad, la novela quiere ofrecer un sintético tapiz social, a partir de distintos puntos de vista, que ponga en evidencia un inconciliable contraste entre los deseos y sentimientos con que las personas actúan en su vida cotidiana y las estructuras y costumbres que busca imponer, a todos por igual, la moral de una civilización.

On Chesil Beach, de Ian McEwan, me ha parecido un relato más fino, interesante y completo, a pesar de que hay un solo narrador y dos protagonistas, típicos personajes, además, de una trama amorosa: jóvenes ingleses, educados, sensibles, atractivos.

Si podría decir que el autor no se ha tomado molestias a la hora de escoger unos personajes, un ambiente y unos contextos familiares y sociales (en contraste con Bainbridge que busca dar voz a seres de dispares posiciones sociales y niveles culturales y además ponerlos en medio de una guerra del siglo antepasado), pero la alternativa de ahondar en el perfil psicológico de los dos amantes protagonistas resulta ser una elección muy atractiva.
Hay, en este sentido, equilibrio y contención en la presentación del tiempo y lugar (Oxford y Londres, poco antes de la revolución de las costumbres en los años ´60), o en la descripción de la mentalidad y la educación con que los protagonistas llegaron a la adultez, sin que la trama quede determinada por el contraste entre estos condicionamientos y los impulsos individuales de los personajes.
No se puede decir, pues, que la problemática que afecta a los personajes sea sólo un producto de los factores sociales, de unas tradiciones o de la forma en que la sociedad contribuye a moldear el carácter de los individuos. Hay además un asunto muy personal bajo análisis y luego una decisión que provoca preguntas y remordimientos, y en esto el relato de McEwan me ha parecido, en el fondo, ser más complejo o intrincado que la más arriesgada y variopinta invención de Beryl Bainbridge.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

El amor verdadero (JM Guelbenzu)



Esta novela nos presenta el devenir, a lo largo de más de media centuria, de un grupo de amigos que tienen en común haber nacido en los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil española, haber crecido a la sombra del franquismo y haber madurado en la época de la transición y los primeros años de la democracia de aquel país.

De entre todos ellos destaca la pareja que conforman Clara y Andrés, y lo que los diferencia del resto es que ellos son el uno para el otro, el hombre y la mujer de sus vidas, respectivamente, o, en palabras del narrador, que ellos sí ha llegado a conocer el amor verdadero.

Casi al inicio de la narración leemos lo siguiente: “Dinero, poder, gloria, sexo… ¿por qué no acaban de ser una compensación ante la dolorosa contemplación de la luz en decadencia? Pero queda lo que en verdad acompaña a los afortunados, a aquellos que han conocido, por sentimiento, inteligencia y esfuerzo, el amor verdadero.”

Toda la obra gira en torno a esta proposición y busca ser algo así como una demostración de ella. Ni la opresión de la familia tradicional, la religión y el régimen político durante la juventud, ni los desencantos que trae después una vida de menor estrechez ideológica y moral, en los años ochenta y noventa, hacen palidecer la fuerza de este particular vínculo, cuya esencia los protagonistas, a medida que van haciéndose mayores, tratan de elucidar.

En la base de este vínculo amoroso no está ni la tradición (específicamente las creencias religiosas o la esperanza de una vida después de la muerte) en la que han nacido los protagonistas, ni el escepticismo racionalista que profesan desde muy jóvenes, y lo que la novela finalmente va revelando o explicando es precisamente que este vínculo es lo único auténtico o real –en contraste con la insuficiencia radical de creencias e ideologías– que sostiene la posibilidad de una vida feliz y constituye la base sobre la que descansa el destino de esta pareja.

Por la calidad y precisión de su prosa (salpicada de pertinentes citas poéticas que van desde Jorge Manrique hasta Elizabeth Bishop), propia de un autor verdaderamente maduro, y su persistencia en no caer en complacencias, la lectura de esta novela es muy grata y da pie a múltiples reflexiones acerca de los alcances de todo el argumento. En lo personal, me pareció que la emotividad y belleza de las páginas del comienzo, cuando fluye en el relato una intensa fuerza vital, que empuja el nacimiento de los protagonistas y su andar durante los primeros años de niñez y juventud, se resiente mucho después. En efecto, la posterior madurez y asentamiento de los protagonistas en una vida estable encasilla esta fuerza y, a medida que aquellos tratan de darse una explicación de sus destinos, aparecen formulaciones morales que dan lugar a una especie de "doctrina" acerca de cómo hacer para vivir bien y feliz. Clara Zubia (el personaje más interesante, junto con Cadavia) se va convirtiendo en una especie de sacerdotisa o “santa” que encarna y enseña a los demás esta doctrina de vida y pierde así mucho de su encanto inicial.

Por otra parte, me he preguntado muchas veces por qué tenían los dos que ser tan afortunados. Ambos se rebelan contra sus respectivas familias (sobre todo Clara) pero se dejan sustentar por ellas mientras estudian en la universidad sin saber exactamente qué van a hacer con esos estudios más adelante; después de acabar de estudiar tienen la oportunidad de coquetear con una y otra actividad laboral, mientras se refugian, en la noche madrileña, de la mediocridad de la “vida oficial”. Cuando finalmente pasa la edad de las juergas nocturnas, llega con la democracia una bonanza económica de la cual se agarran para acomodarse muy bien como pareja casada con hijos. Cuando se les viene una crisis, la herencia que recibe Clara de su odiado padre les da un respiro valioso. El resto de sus amigos sucumben a la soledad, a las componendas, a la enfermedad, al fracaso sentimental, pero ellos pueden, con sus dosis de dolor y miedo, seguir siendo una pareja ejemplar y estable, salir airosos de sus dilemas morales y contemplar la vida con placidez.

No pude evitar preguntarme muchas veces: ¿Qué hubiera pasado si…? El narrador reconoce que ni Clara ni Andrés son héroes y dice, con algo de sofista, que éstos se quedaron en Troya y que la época actual no es tiempo para dichos héroes sino para gente… ¿normal?, ¿que tiene el suficiente sentido común para no tirar al traste un matrimonio?, ¿que tiene el sentido práctico necesario para no caer en crisis irreparables?, ¿que tiene la suficiente sabiduría de vida para desconfiar de todo menos de su voluntad por preservar su vínculo de pareja?

¿Es la vida de Clara y Andrés suficiente prueba para un amor que se pueda llamar verdadero? Pero es que ¿tiene que haber una prueba de tipo heroico, una enfermedad o un dilema insuperable? ¿O el amor verdadero tal como lo entiende el narrador precisa justamente de circunstancias favorables, no extremas?

En fin, lo cierto es que nuestro narrador, con toda su experiencia (¿no nos pide acaso que le llamemos Asmodeo?), no ha querido que pasen por pruebas mayores ni que sucumban a estragos profundos, sino que sepan aprovechar bien todo lo que se les presenta, sin caer en excesos ni traiciones. Pese a ello la narración de sus vidas es interesante y digna de contarse. Parece que mejor es, pues, que los dejemos así.

viernes, 28 de octubre de 2011

Shroud (John Banville)




Como ha sucedido a mucha gente (supongo), yo conocí a John Banville gracias al premio Booker que le dieron por su novela The Sea (2005). Fue un libro que disfruté, en su momento, se puede decir que párrafo a párrafo, gracias a lo esmerado y evocativo de su estilo; una experiencia que he buscado revivir después en otras obras del mismo autor.

Lamentablemente, en las novelas suyas que llevo ya leídas –Copérnico, Eclipse y ésta, Shroud– no he vuelto a repetir aquella inolvidable aventura. Evidente es que Banville es un consumado prosista, con un estilo muy propio, que no pierde en estas obras… ¿Qué es lo que es diferente? El punto de vista sigue siendo el mismo, la carga de subjetividad, las densas y obsesivas descripciones...

En Shroud, el protagnista-narrador se hace llamar Axel Vander, académico de origen belga. Carga con un pasado oscuro, que tiene su origen en los avatares de la época inmediatamente anterior a la Segunda Guerra Mundial. Una joven con trastornos psíquicos, llamada Catherine Cleave (la hija del Alexander Cleave de Eclipse), se pone en contacto con él, al parecer, para chantajearlo con un documento que revelaría algo importante de aquel pasado. Este algo tiene que ver directamente con una “identidad” o un “yo”, que es lo que Vander, el intelectual, niega que pueda existir como una realidad estructurada, coherente o única.

“Shroud” quiere decir mortaja o sudario y alude, entre otras cosas, al hecho de que Vander ha construido su vida fabricándose una identidad impostada, encubriendo sus orígenes, presentándose a los demás con una máscara que le permita liberarse de cualquier condicionamiento que le pueda venir impuesto por un pasado, unos lazos comunitarios, un compromiso o un ideal que no tenga que ver con su propia sobrevivencia…

Toda la acción de la obra se presenta al lector filtrada por la subjetividad de este narrador. Aparecen y desaparecen personajes, como fantasmas o alucinaciones, cuya influencia o importancia no se puede calibrar a cabalidad, salvo cuando el mismo narrador decide revelar, caprichosamente, algún hecho concreto o una palabra dicha por aquellas sombras-personajes, a las que él se refiere con un desdén que recuerda demasiado al del Humbert de Lolita.

Pero es el excesivo peso que tiene en toda la obra la personalidad del Axel Vander, en detrimento de lo todo lo que no sea él, lo que termina restando atractivo a su relato. Lo puramente falso o grotesco, la ausencia de esperanza o de sentido, la negación de todo lo que sea aplastante casualidad, aunque venga justificado o respaldado por un sustrato teórico o filosófico, y/o condimentado con frases ingeniosas, al final cansa. Ni el cambio, en algunos pasajes, de la primera a la tercera persona (y en cierta forma, del punto de vista, de Vander a Catherine Cleave) consigue aliviar el peso que tiene, sobre la “realidad” narrada, una subjetividad hecha de cosas negativas, de ausencias, de incongruencia y dispersión… Sólo hay un instante, me ha parecido a mí, en que Vander parece abandonar esta condición de vida (éste, su “aparato crítico” o su cínica manera de aproximarse a todo) y se deja arrobar por la presencia de Catherine Cleave:

For a moment I was dazzled by the otherness of her. Who was she, what was she, this unknowable creature, sitting there so plausibly in that deep box of mirrored space? Yet it was the very she, in all the impenetrable mysteriousness of her being entirely other, that I suddenly desired, with an intensity that made my heart constrict…”

En contraste, The Sea, una obra que se ha calificado como más ligera, al carecer precisamente su personaje principal de la carga intelectualista del Vander de Shroud, consigue aproximarse más eficazmente a los sentimientos humanos, dibuja personajes más completos, presenta un mundo novelesco menos esquematizado y más cercano a la vida, al misterio o al embrujo de la vida, a las cosas inmediatas que la voz del narrador Max Morden, o la prosa de Banville, acierta a describir y evocar.

martes, 11 de octubre de 2011

La boda de Ángela (José Jiménez Lozano)



Qué difícil puede resultar conseguir leer a determinados autores españoles. En este caso, gracias a la bondad de una querida viajera (a traveling cuy), he podido tener en mis manos este interesantísimo y breve volumen, una evocación, algo intrincada, que ha requerido de una placentera segunda lectura (sin que, empero, pueda decir que me haya enterado de todo).


El narrador de esta historia se dirige a su hermana Tesa para contarle algunos incidentes de la boda de la sobrina de ambos, Ángela, un evento común y corriente, en apariencia, pero que da pie a que la memoria de aquel se despliegue por varios rincones de la historia de su familia, que explican el por qué de aquella boda y el desenlace de la misma.



Como en la obra de Shirley Jackson que leí hace poco, se presenta aquí, como eje del relato, un enfrentamiento que podría ser resumido, escuetamente, de esta manera: un entorno familiar, rural, anclado en el pasado, noble y austero, contrapuesto al más difuso, extraño y agresivo mundo de “los notarios, ingenieros y hombres de negocios”, que llegan a la finca donde tiene lugar la boda.


Pero la ejecución de esta novela resulta mucho más interesante: el narrador es más escueto y cauteloso; evita todo lo que sea prescindible; es exquisito sin parecerlo; y deja que se escuchen –libres, desnudas– las voces de cada uno de los protagonistas, como si efectivamente sólo se estuviera dirigiendo, al contar la historia, a su hermana Tesa, que los conoce a todos. El recurso de dirigirse a ella ("¿te acuerdas, Tesa?") sirve de motivo para prenderse de un detalle, un dicho o una palabra y evocar, rompiendo inesperadamente la continuidad del relato, un suceso específico de otro tiempo, que sirve para iluminar precisamente la acción del presente.


La voz narrativa mezcla con habilidad, al igual que los diferentes tiempos de la historia, el lenguaje coloquial con el culto, el vocablo castizo con el habla local y familiar. Por otra parte, parece que sólo rozara los temas de fondo, tratándolos con aparente sencillez, pero permitiendo que el lector vislumbre una profundidad que lo lleva a querer releer nuevamente el texto, para atar todos los cabos y valorar otra vez la importancia que tiene cada frase para la comprensión del conjunto.



Parecen cosas nimias y obvias, pero la maestría de este escritor está, me parece, en el cuidado con que trata cada una de estas cosas pequeñas, y en la coherencia y armonía con que se refiere a temáticas varias y hondas, con el marco de un mundo novelesco atractivo, sin recurrir a expresiones solemnes o recargadas, ni párrafos repetitivos e innecesarios.

jueves, 6 de octubre de 2011

Silence (Shusaku Endo)





A veces uno se encuentra con oportunidades del todo inesperadas. Así me ha ocurrido con este libro, que no esperaba poder leer tan pronto. Hallé esta versión en inglés (traducción de William Johnston) en una biblioteca que visito con alguna frecuencia y no pude evitar prestármelo.

El núcleo de la historia se desarrolla a partir del año 1637. Ha pasado casi un siglo desde que el jesuita Francisco Xavier arribara al Japón y más de veinte años desde que se dictara el decreto de expulsión de los misioneros cristianos de las islas. El protagonista, Sebastian Rodrigues, llega secretamente a este país en busca de un misionero portugués (Ferreira), antiguo maestro suyo, que, según vergonzosos rumores, ha renunciado públicamente a su fe, a consecuencia de las torturas infligidas por las autoridades japonesas; asimismo, tiene el firme propósito de dar consuelo y atender espiritualmente a los miles de cristianos nativos, obligados a practicar su recientemente adquirida religión a escondidas, debido la prohibición que ha recaído sobre el cristianismo; y, si fuese necesario, ofrecer su vida como mártir.

Poco a poco, el armazón de concepciones con que Rodrigues inicia su misión se deshace por efecto de la peculiar realidad a la que se enfrenta, y la forma en que entiende el cristianismo entra en una profunda crisis, que lo lleva a replantear o reenfocar sus creencias radicalmente. Las autoridades japonesas han aprendido a utilizar ciertos aspectos de la doctrina cristiana en su dedicada y sutil labor de erradicación del cristianismo. Estos horrendos métodos, ante los que Dios parece guardar silencio, tienen el efecto de hacer desmoronar en Rodrigues la seguridad que sentía, antes de llegar, en la grandeza de la labor misional y el poder espiritual de la iglesia romana.

La novela busca profundizar en el tipo de cristianismo que llegó al Japón y cómo esta particular manera de entender la fe (que subraya la victoria de los mártires que resisten el dolor, y la vergüenza de los débiles que sucumben a las tentaciones) pierde entidad en su traslado a suelo japonés. Severamente cuestionada esta armazón legalista que busca diferenciar con claridad la conducta fiel de la infiel, la del fuerte de la del débil, y utilizada en contra de los mismos cristianos, lo que queda es el rostro maltratado y agotado de un Cristo que es extraño a la gloria y al honor con que el Japón adornó, en sus inicios, a la labor de los misioneros cristianos, y mucho más cercano a la vida cotidiana que llevaron, después de aquellos años de esplendor, los nativos que quisieron conservar su fe.

Estos planteamientos me han hecho recordar un poco a ciertas novelas de Graham Greene (sobre todo, El poder y la gloria). Aquí dejo un enlace con alguna información más sobre el autor y el traductor, a quien se agradece la necesaria introducción (con las debidas referencias históricas) con que ha acompañado su versión del texto original.

domingo, 25 de septiembre de 2011

We Have Always Lived in the Castle (Shirley Jackson)


Nada sabía de Shirley Jackson hasta que leí los interesantes comentarios de Pablo Chul (aquí y aquí) y desde entonces no pasó mucho tiempo antes de que me topara (casualmente) con un ejemplar de esta novela.


Mary Katherine Blackwood, la protagonista y narradora, introduce al lector, poco a poco, en la historia reciente de su familia. Su voz parece, al principio, más ecuánime que extravagante. Nunca pierde la única perspectiva desde la que narra y su forma de presentar los hechos resulta impermeable a cualquier cuestionamiento. Pero pronto se empieza uno a preguntar si este muro sin fisuras encierra algún grave problema, aún no del todo esclarecido. Ello se hace patente cuando su hermana Constance quiere poner en tela de juicio los fundamentos de la rutina y el orden en que la vida de ambas de desenvuelve y que la sobria narración de Mary representa, precisamente, en su aparente solidez y acabado ensamblaje.



La patología de nuestra narradora se hace visible en su pertinaz interés por conservar este orden de vida, propio y autónomo, establecido por contraposición a las reglas y a los valores que rigen la vida de las personas que son ajenas a su mundo doméstico. A la avaricia y el mal gusto que rodean a su “castillo”, opone toda una estructura de nociones y valoraciones, que se basan, por una parte, en los vestigios de una época anterior, de mayor esplendor y respetabilidad, en su familia, y por otra, en nociones fantásticas, casi infantiles, que resultan, como las primeras, fuera de lugar dentro de lo que podríamos considerar una visión moderna y realista de la vida.


Ejemplo de ello es la escena en la que Constance toca el arpa: "the tall curve of her harp making shadows against our mother´s portrait", nos dice la narradora. El tío viejo Julian observa: "a delicate touch... All the Blackwood women had a gifted touch", mientras el íntruso Charles, en cambio, fija su atención en el valor monetario de los adornos del salón.


Junto a esta manifiesta repugnancia por dejar que lo exterior distorcione el funcionamiento del frágil mecanismo de la vida familiar, juega un importante rol, en la oscura trama del libro, el lazo afectivo entre ella y su hermana, dos personas bien compenetradas dentro de un entorno doméstico muy estrecho, que hace que se inclinen a cooperar en la destrucción todo lo que obstaculiza la realización de una felicidad en común.


Leemos en la contraportada que esta novela es esclarecedora: a marvelous elucidation of life. Lo que ilumina, me parece, es la capacidad de una mente sufriente para concebir un modo peculiar de felicidad, que excluye radicalmente ciertas realidades propias de la vida de cualquier ser humano (por ejemplo, el amor romántico o los lazos comunitarios) y exagera o deforma otras, como el desapego de las cosas materiales y la persecución de una perfección o armonía, de suyo idealista; y para aferrarse desesperadamente a esta frágil concepción (u obsesión) y protegerla de todo lo que la amenace.



Este empeño puede parecer unas veces encomiable y resultar un poco atrayente, y otras, odioso y hasta repulsivo; la autora, parece ser, ha querido otorgarle una recompensa en la admiración o la reverencia de que son tributo las protagonistas al final de la historia.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Quartet (Jean Rhys)




De todos los libros que he estado leyendo por estos días, es éste el que se lleva las palmas como el mejor.

Estamos en la década de 1920; Marya Zelli (née Hugues) es una joven inglesa que, después de unos años de dura supervivencia en su país, decide llevar una vida de bohemia en París –entre otras cosas, decide renunciar a la preocupación cotidiana por la búsqueda del sustento material– junto a su esposo, un misterioso traficante de origen polaco, quien la mantiene.

Cuando este último va a la cárcel, Marya se encuentra desamparada, hasta que el matrimonio Heidler (una pareja inglesa) decide acogerla. Pero los Heidler son también personas que han decidido que sus vidas deben transcurrir por senderos distintos a los de la gente común. Se ufanan de una superioridad moral sustentada, entre otras cosas, en algunas inclinaciones intelectuales y artísticas, y que ponen de manifiesto precisamente en este gesto de inesperada liberalidad hacia Marya.


Pero todo ello no resulta ser, en realidad, otra cosa que la exteriorización de una retorcidísima forma de entender la conducta humana, que justifica la infidelidad conyugal y el más frío desinterés por el prójimo con sofisticadas argumentaciones que, desde mi punto de vista, resultan ser sofismas que despojan a ciertos valores humanos de su autenticidad, hasta dejar de ellos sólo una pátina de simple dureza de carácter, cuando no de mera apariencia de respetabilidad.

A su lado, Marya se ve a sí misma como una sencilla adúltera, cándida y frágil (a naïve sinner). La vida fácil que buscaba era sólo aquella de quien vive románticamente el día a día, vagando por un lugar hermoso, sin cuidados ni planes de futuro. Con los Heidler se ve forzada a convivir con formas más sutiles de satisfacción y supervivencia, que involucran una fuerza de voluntad y una malicia superiores a las suyas.

Las intensas pinceladas de la autora sirven para evocar la peculiar miseria de Marya, algo similar a la de otros expatriados que residían, por aquellos dorados años, en París, tratando de encontrar la felicidad en el solo contacto con sus bellas callejas y atrayentes cafés. Este sueño no podía ser sino aplastado por la cruda realidad de las necesidades más elementales, que incluyen a la de hacer del más débil el chivo expiatorio de las culpas de los más fuertes.

Finalmente, debo señalar que este comentario, que tiene mucho que ver con la relación de la autora con el famoso escritor Ford Madox Ford, fue lo que me animó a leer este libro.

miércoles, 20 de julio de 2011

El ruido de las cosas al caer (JG Vásquez)

Siempre me he resistido (a veces infructuosamente) a la adquisición de novedades, pero en este caso al buen nombre del autor se unían comentarios positivos sobre el libro de parte de personas cuya opinión valoro, por lo que, desde semanas atrás, estuve esperando ver el libro en las estanterías de las tiendas locales.

No me siento defraudado. Esta es una buena novela, interesante, elaborada sin excesos. La narración no se detiene innecesariamente en algún personaje, descripción o idea. Los artificios que utiliza el autor para conducirnos por los recovecos de la trama, pasan desapercibidos. Lo que interesa es saber y comprender más, y la lectura avanza de manera vertiginosa. Rápidamente nos hacemos una idea de cada personaje y de sus particulares tragedias. Los diversos elementos que impulsan el desarrollo de las acciones (motivaciones personales, situaciones familiares, circunstancias políticas o sociales, etc.) van revelándose con meridiana claridad y terminan por proponer un cuadro explicativo del origen de un fenómeno que afecta a toda una nación, a través de una historia personal.



Pero se podría añadir que la claridad se debe también a que se han evitado muchos riesgos; el autor puede no demorarse en explicaciones cuando éstas resultan ser harto conocidas: la ambición que mueve al joven Ricardo Laverde, por ejemplo, es arquetípica. Se hace uso de una clásica forma de crisis sexual en el matrimonio para graficar una diferencia generacional entre el protagonista y su joven pareja. ¿Es necesario que los personajes de un libro sean profundos y complejos para que la historia cobre valor? En el presente caso, la habilidad del autor para referirse a una trama muy interesante, enlazando distintos momentos del pasado de su país (los años ´40, los años ´70, a los que pertenece la juventud de Laverde y Elaine Fritts, los años '80 del recrudecimiento de la violencia narcoterrorista) con el presente, resulta suficiente para hacer atractiva la lectura del libro.

Es la mano del autor lo que cuenta. Todo está muy bien dosificado, el uso de las estratagemas literarias para contar el pasado y para dejar en el misterio lo que no se puede saber; las aclaraciones sobre la geografía y la mentalidad de la gente en las regiones donde transcurren las acciones son pertinentes y justas; así como la recurencia a la imagen del vuelo y la caída; inclusive los guiños y homenajes no estorban la lectura. En lo personal, puedo decir que si bien no sé si alguna vez volveré a tomar este volumen en mis manos para una relectura, en esta primera no pude soltar el libro desde que lo empecé hasta terminarlo.

domingo, 17 de julio de 2011

Case Histories (Kate Atkinson)




Tres casos policiales no resueltos son la materia prima de este relato. Dos han ocurrido en la década del ´70 y el tercero en los años ´90. El lugar es la ciudad universitaria de Cambridge. El encargado de encontrar las respuestas, en el presente, es el investigador privado (ex-militar y ex-policía) Jackson Brodie. Cada uno de estos casos involucra a personajes muy diferentes y que provienen de entornos muy peculiares, que tienen poco que ver con la vida académica de la ciudad. De hecho, se enfatiza que Cambridge encierra mucho de pobreza y violencia, en contraste con la sosegada y bien financiada actividad universitaria por la que es conocida y visitada aquella ciudad.

El libro se sostiene precisamente gracias a la aparente desconexión de las tres situaciones iniciales y a la intriga que despierta, en el lector, el misterioso pasado y el lado oculto de la vida personal de cada una de las víctimas y sobrevivientes de los crimenes, no resueltos hace tanto tiempo atrás. Un detalle que ayuda a no abandonar el libro es que la narración no se centra únicamente en Brodie y sus indagaciones (como sucede en los libros del inspector Wallander, por poner un caso, siendo así que este último resulta un personaje mucho más atrayente o interesate que aquel), sino que se expone fragmentariamente desde la perspectiva de cada uno de sus protagonistas, pasando hábilmente del pasado al presente, en cada caso.

A medida que avanza el libro y que los misterios se van aclarando (unificados por las pesquisas del inspector), sin embargo, la trama pierde su interés inicial y la curiosidad del lector se ve lentamente neutralizada por la manera tan tosca con que la autora trata a unos personajes que prometían mucho al inicio. Amelia Land y Theo son el ejemplo más claro de esto. Hacia el final, las acciones se precipitan en un descenlace poco intersante y muy enfático respecto de la intención de mostrar las consecuencias funestas del particular tipo de violencia que es el denominador común de las tres historias antes mencionadas.

Pese a que por momentos se extingue totalmente el encanto propio de una narración, hay que decir que la acción, en las dos terceras partes del libro, está bien dosificada y consigue encandilar. No tiene pierde, por otro lado, la manera ácida e irónica con que la narradora describe la mentalidad actual de quienes habitan lo que llamaríamos una sociedad del "primer mundo" y pone en cuestionamiento ciertas ideas y prácticas que en ella se consideran como normales y sanas, y que no encierran más que una ausencia escandalosa de humanidad.

jueves, 7 de julio de 2011

Sobre "Los pasos perdidos" (Carpentier)




Años atrás, no sé para qué, escribí las líneas que transcribo sobre esta obra del escritor cubano Alejo Carpetier:








Esta obra, a mi entender, consiste en el complejo y exuberante desarrollo de una idea y todo en ella está al servicio de la plasmación de dicha idea, los personajes y las situaciones puestos al servicio de su representación progresiva a lo largo del texto.

Lo que, me parece, le interesaba al autor es la construcción de la noción de que en el Nuevo Mundo persisten formas de vida que en el Viejo Continente pertenecen completamente al pasado y son incomprensibles a sus habitantes, quienes viven inmersos en la civilización de la máquina y en la vida deshumanizante de las grandes ciudades, lo cual incluye a artistas e intelectuales presuntamente anti-burgueses; por el contrario, al avanzar en su viaje, el protagonista de la novela asiste a una experiencia que sólo es posible en el Nuevo Mundo, la experiencia única de vivir en carne propia (y en su propia alma, sobretodo) unas formas de existencia propias de siglos anteriores, en las que el hombre tenía la libertad y la necesidad de afrontar su propio y trágico destino de ser mortal, a lo que la vida moderna le ha sustraído para condenarlo a una existencia anodina y vacía.

Todo en la novela tiende a ser expresión de esta tesis, incluso el ritmo trepidante y los personajes arquetípicos, y las mismas relaciones entre ellos. Esto puede verse como un defecto esencial, puesto que la tesis de Carpentier puede finalmente considerarse otra “utopía” más, una representación meramente ideal de América, aunque él se cuide de demostrar que todo se asienta en experiencias reales, pero yo creo que a la larga lo que importa es que Carpentier jugó sus cartas en este sentido y consiguió una novela exquisita, exuberante, amena y emotiva… y una lección de castellano, más allá de que su tesis fuera o no verdadera

domingo, 3 de julio de 2011

The Puttermesser Papers (Cynthia Ozick)




Con el falso subtítulo de "A Novel", este libro reúne cinco relatos breves, anteriormente publicados por separado en revistas norteamericanas, que tienen por protagonista común a Ruth Puttermesser: abogada, judía, racionalista, feminista (sin ser fanática) y servidora pública de la municipalidad de Nueva York; soltera, citadina, glotona, lectora de libros de historia, estudiosa del judaísmo y admiradora de la vida y obra de George Eliot.




Pero esta sucesión de calificativos resulta inconclusa, insuficiente; guidos por la mano maestra de la autora, vamos conociendo mejor a Ruth Puttermesser a través de las situaciones perversas e hilarantes que plantea cada relato. Descubrimos en Puttermesser, pese a su natural escepticismo, a un alma idealista, que no está a gusto en esta época de mediocridad, interés propio y cinismo; ella aspira a reformar la adminstración pública en bien del interés común, a la unión espiritual con un alma gemela, a reencontrarse con el legado de sus antepasados europeos.



Pero su ciudad de Nueva York, de la que nunca se mueve, no le ofrece sino oportunidades de comprobar que ella vive, como el filósofo, mirando las estrellas y con seguras probabilidades de caerse dentro de un pozo. Sus aficiones intelectuales la inclinan hacia los ideales del racionalismo decimonónico o de un judaísmo humanista, que no calzan en un medio en el que pululan simples falsificadores, mentes pseudointelectuales o supersticiosas y funcionarios arribistas.



Un volumen de escritura brillante e inteligente; exigente, breve y cáustica, propia de una escritora culta y perspicaz, que hace de la existencia solitaria y triste de una mujer anacrónica y achacosa la materia literaria de unos relatos entretenidos y aleccionadores.



Más información sobre Cynthia Ozick y otras obras suyas en este blog.




El relato que más me gustó: Puttermesser and the Muscovite Cousin.

domingo, 19 de junio de 2011

Las tres hermanas (Chéjov)

Días atrás, de paso por la capital, tuve oportunidad de asistir a la representación de esta vieja pieza de teatro, para la que, debo confesar, me vine preparando desde hace varios meses con la lectura del texto, en la traducción de Ann Dunnigan (Signet Classics), la única que encontré a mano.




Estas hermanas son tres jovenes huérfanas, pertenecientes a una familia aristócrata de provincias, cultivadas y sensibles, que sienten languidecer sus vidas en el tosco ambiente de la pequeña ciudad donde viven.



En la obra se contrapone el carácter idealista, que aspira a una vida más plenamente humana, de unos personajes, con el de aquellos que han renunciado completamente a este tipo de esperanzas y se resignan a una rutina que se presenta como idiotizante y bárbara. La lectura del texto me dejó un regusto tragicómico, mientras que la representación teatral tuvo un sesgo mucho más dramático, al final un poco exasperante y hasta pesado.




Particularmente, he pensado, a raíz de esta experiencia, en todo aquello que puede llegar a convertirse, para una persona, en una cárcel invisible: la propia crianza, por ejemplo, o las expectativas y las limitaciones que impone una condición social, y lo que en una determinada época se considera como "el saber" y lo que se vislumbra en el futuro como algo menos insatisfactorio que el presente.

Así, la insatisfacción de las tres hermanas de esta obra viene a ser la consecuencia de su particular educación, pero me parece que esa misma educación es la que les imposibilita superar las barreras que -como el bosque figurado de la escenografía, siempre presente- las rodean y apresan. Su aspiración a una vida mejor está lastrada, lamentablemente, por esa sensibilidad cultivada que les lleva a soñar y hablar incansablemente de un futuro en el que desaparecerán las mezquindades e injusticias de la sociedad en que viven, pero para el que no están verdaderamente preparadas, hacia el que no pueden caminar por su propia cuenta, o (peor aún) que excluye completamente su particular modo de vida.




Una de las cosas que uno siente al terminar la obra es que una vida joven y dotada de mucho valor puede ser un desperdicio completo, y que eso puede deberse, paradójicamente, a que las condiciones que propiciaron el cultivo de unas cualidades espirituales conducen al mismo tiempo al hábito de sentirse inconforme y a formular sueños bienintencionados que no serían posibles si antes no desaparecieran esas condiciones sociales o culturales que han hecho posible la existencia y cultivo de aquellas cualidades y aspiraciones.


De hecho, uno se pregunta cuál fue ese mundo mejor con el que finalmente se consuelan, al final de la obra, las tres hermanas, ese mundo que justificaría sus sufrimientos del presente: qué cosa resultó siendo finalmente esa "utopía", en la que el cinismo y el pragmatismo más cruel tomaron el lugar de aquellos ideales decimonónicos de progreso y humanidad.

sábado, 18 de junio de 2011

El idiota





"Para que el cerebro de un idiota se ponga en movimiento, tienen que ocurrirle muchas cosas y muy crueles."










(Después de tantos años, me doy cuenta de que estas palabras se pueden aplicar también a mi vida.)

sábado, 4 de junio de 2011

Brooklyn (Colm Tóibín)

Pese a su título, esta es una novela irlandesa, por sus personajes y por su temática. Centrada en la personalidad de su protagonista, Eilis Lacey, el narrador omnisciente nos muestra, con mano maestra, rincones profundos de la psicología de esta joven que debe, a una temprana edad, alejarse de su ciudad natal y su familia, para buscar un mejor futuro, allende el mar, en la lejana Brooklyn.

Con un ritmo y un orden narrativo clásicos, se presentan los acontecimientos que conducen a Eilis a abandonar dos veces su patria y su hogar, mostrando con acierto, los conflictos internos, el sufrimiento y la dicha que experimenta una mujer inexperta y dubitativa, pero que lucha por ser feliz y, a la vez, coherente con sus creencias religiosas y morales, frente a los hechos de la vida: las diferencias sociales, los ritos del enamoramiento, las expectativas de un entorno colmado de códigos, el afecto por los seres queridos, el deseo de felicidad y el despertar de la vida sexual.






Me ha parecido excepcional la capacidad de su autor para internarse en el rico mundo afectivo femenino, no sólo de la protagonista, sino de todo el entorno familar y laboral, en Irlanda y América, en el que se desarrolla la historia. El afecto entre mujeres, así como sus celos, resentimientos y rivalidades, expuestos a través de verdades nunca dichas o expresadas sólo a medias, constituye parte esencial de esta novela. La presencia de secretos y el miedo a manifestar los sentimientos y las expectativas más íntimas son una carga interior con la que se debaten constantemente los personajes.



Eilis, en cierta manera, se deja arrastrar por los acontecimientos, al tiempo que trata de aprehenderlos e interiorizarlos constantemente; lucha por su independencia y por afirmar su yo, al mismo tiempo que trata de complacer a sus seres queridos y a las personas que tienen autoridad sobre ella, de no herir sus sentimientos u ofenderlos con su conducta. Se muestra finalmente que es imposible sostener permanentemente esta dicotomía. Durante la novela, no son las decisiones o los sentimientos personales de Eilis los que orientan su destino; sobre ella tienen enorme influencia las expectativas y la voluntad de otras personas.




Me ha gustado, por otra parte, la maestría del novelista para describir el entorno social y cultural irlandés, tanto en la isla como en Brooklyn, durante los años ´50 (época en que se desenvuelven los acontecimientos), así como ciertas costumbres y circunstancias que hoy parecen tan lejenas en el tiempo (y que me recuerdan a los años de juventud de mis padres) como, por ejemplo, la novedad que representa para Eilis el "estilo italiano" de llevar la ropa de baño a la playa y la necesidad de cuidar la "figura", antes normalmente cubierta por prendas largas y pudorosas, la discusión acerca de si valdría la pena comprarse un aparato de TV dado que no se sabe si seguirán haciéndose programas de televisión en el futuro, el progresivo aumento de la población negra en Brooklyn (esto es, años antes de la época en que se desarrolla la primera parte de The Fortress of Solitude) y el modo en que funcionaban los primeros grandes almacenes de ropa, entre otros.

Este libro es una pequeña joya que me ha traído momentos de mucho placer mientras he estado reponiéndome de una gripe un poco fuerte. Me ha recordado a dos novelas españolas que leí años atrás: Donde las mujeres, de Álvaro Pombo y Jaque a la dama, de Jesús Fernandez Santos.

En la figura se muestra la tapa de la edición que he tenido en mis manos; la única diferencia es que la mía, un ejemplar de segundo uso, ha perdido la banda amarilla que lleva el título del libro.

lunes, 23 de mayo de 2011

The Final Solution (Michael Chabon)

¿Está en los problemas sin solución -en las pistas falsas, en los casos muertos- el reflejo de la verdadera naturaleza de las cosas? ¿Toda apariencia de significado carece de verdadero o intrínseco sentido? ¿Existe el significado únicamente en la mente del que analiza?


Y, sin embargo, al final todo queda explicado. Pero la solución no se corresponde con la que diseña cada mente humana, por separado, sino que la llegan a encontrar, como de casualidad, en medio de los acontecimientos, quienes siguen, con particular empeño, un instinto de compasión por el otro ser.



Se toma como excusa la trama detectivesca para ilustrar la limitación de la racionalidad de la mente humana como algo individual y aislado; finalmente es la voluntad de varias personas de dotar de un significado humano al sinsentido del mundo (por subsanar la maldad del mundo) lo que termina por desenredar el misterio.





lunes, 9 de mayo de 2011

Dos entre varios libros






De entre todos los libros que he estado leyendo en estas semanas, quiero referirme a dos porque son los que más me han gustado.



La promesa del alba tiene el sabor de lo autobiográfico y no parece precisamente una novela sino un pequeño libro de memorias, en el que un escritor maduro se toma la libertad de mirar con ironía y cierta ligereza sus dramáticos años de infancia y juvetud. Pero precisamente este intento de relativizar lo trágico y duro recurriendo a un lenguaje llano y salpicado de humor, a un tono indulgente y despojado de artificios (aunque sea a veces demasiado sentencioso o didáctico, como lo es quien quiera dejar ciertas aforísticas lecciones de vida a la posteriodad) es lo que hace encantador a este volumen.


Es como si el autor nos estuviera diciendo todo el tiempo: No tengo las palabras ni el talento para reflejar vivamente lo que me tocó vivir, así que me pongo a contarlo de la forma más directa y simple, sin sentir vergüenza de "no estar a la altura" de las cosas. Y precisamente, al final del libro me quedé con la impresión de que hay detrás de todas esas páginas un trozo emocionante, duro y profundo de vida, de la vida real de alguien a quien el destino le deparó una intensa biografía, que se logra vislumbrar más allá de las frases escritas, como una inmensa máquina detrás de una cortina, de la que no nos llega más que un ruido algo apagado pero que nos permite hacernos una idea de lo que encontraríamos si pudiéramos descorrer aquella tela. El lenguaje tiene esa calidad de infiel transmisor, pero la fuerza de lo vivido logra abrirse paso (porque no hay artificios que la ahogen) y uno llega a sentir como cercana toda aquella larga aventura de Romain y su madre Nina Kacew.

No está demás decir que es precisamente esta última la que dota de casi toda su fuerza a esta historia, su personalidad es lo que hace "vivo" a este libro, lo que lo dota de una emoción muy fuerte y especial, y en dejarla a ella hablar a través del relato creo que radica lo maravilloso de su lectura.

El hablador de Mario Vargas Llosa era una deuda pendiente, sobretodo desde que ganó el Nobel el año pasado. Aquí también hay un solo personaje que da vida a esta novela. Curiosamente no es un personaje "real", vamos a decir así, sino que es una invención de una invención. Como en Historia de Mayta el narrador nos advierte que está inventándose a su protagonista, aunque se trate ahora sólo de la "segunda vida" de Mascarita, porque no sabe nada de esta última (aunque sí de la primera) que resulta lo más interesante de la novela.

Porque el relato de las peripecias del narrador y su afán por conocer a los machiguengas y a los "habladores" se queda muy corto al lado de los capítulos en que (de la mano del narrador) Mascarita toma la palabra y cuenta al estilo machiguenga sus historias. En la forma como el autor ha tratado de reconstruir el lenguaje de un hablador, junto con la recopilación de los mitos de este pueblo, está lo mejor del libro. La vida de escritor académico del narrador (trasunto de Vargas Llosa), con sus becas y viajes a Europa (y su perplejidad tan racionalista ante la decisión de su amigo Mascarita), palidece al lado de la del contador de historias que quiere despojarse de su condición de hombre occidental y pertenecer a este grupo errante y sufrido, cuya misión consiste en ayudar a levantarse al sol todos los días y caminar con él, y donde su papel de contador de historias tiene una importancia superior a la del novelista occidental.

Para terminar (y ya que la foto de esta entrada, o post, corresponde a Romain y Nina Kacew) copio aquí una cita de El hablador que pertenece precisamente a una de las historias del kenkitsatatsirira y que me dejó una huella interior:

"Lo importante es no impacientarse y dejar que lo que tenga que ocurir, ocurra", me respondía. "Si el hombre vive tranquilo, sin impacientarse, tiene tiempo de reflexionar y de recordar", diciendo. Así encontrará su destino, tal vez. Vivirá contento, quizás. Lo aprendido no se le olvidará. Si se impacienta adelantándose al tiempo, el mundo se enturbia parece. Y el hombre cae en una telaraña de barro. Eso es la confusión. Lo peor, dicen. En este mundo y en el alma del hombre que anda. Entones, no sabe qué hacer, dónde ir. No sabe defenderse tampoco, ¿que haré?, ¿qué he de hacer?, diciendo. Entonces los diablos y los diablillos se entrometen en su vida y juegan con ella. Como los niños haciendo saltar a las ranas jugarán. Los errores se cometen siempre por la confusión, parece.

miércoles, 13 de abril de 2011

Poema pasajero

Cayó en mis manos un librito de poemas y me dejó en recuerdo éste:







Esa increíble infinitud del orbe


no codicio ni un mínimo pedazo


mas si el espacio de tu breve cuerpo


donde ponerme al fin a buen recaudo,


en el profundo de tus mil entrañas,


que enteras conservaste para mí.


Al diablo el albedrío de la vida,


sumo don de los hados celestiales,


y nada más que estar en ti prefiero


sujeto a tu carnal y firme lazo,


que si vas a las últimas estrellas


contigo ir paso a paso yo también.


Es así el vivir día y noche siempre


bien atado a ti con el carnal nudo,


aunque en verdad del todo libremente,


pues de la tierra al cielo voy y vengo.




(C. G. Belli: Nudo, 1986)

domingo, 10 de abril de 2011

The Edge


Mi ejemplar, algo ajado, de Netherland de Joseph O´Neill, viene con un pequeño anexo de entrevistas y comentarios. En una sección de este anexo, que lleva por encabezado A Writer´s Life, se encuentra la siguiente pregunta y su respuesta por parte del autor:



Which living writer do you most admire?


John Updike. It´s not that I love (or even read) everything he writes, but rather that he´s fearless about following his imaginative impulses into artistically risky and socially disgraceful territory. Philip Roth has the same courage. Of course, John Updike has the edge in the matter of sentences.


Un poco picado por aquello de que Updike tiene una ventaja sobre Roth para la construcción de las frases, me puse a buscar por mi casa algo que leer del primero y me encontré con un ejemplar de The Best American Short Stories del año 1962, que se cierra precisamente con un cuento de Updike. Este librito lo he visto desde las épocas en que vivían mis abuelos y, si mal no recuerdo, le pertenecía a uno de ellos, puesto que lo tenían guardado en su casa, junto con otros libros y revistas, en un pequeño mueble, cubierto con una cortinilla de tela, dentro de una especie de trastero. Creo que, de todas las personas que frecuenteban aquella casa, el único que gustaba de hurgar entre aquella colección de origen desconocido, era yo. Quizá sea por eso que, con el correr del tiempo, aquel desvencijado ejemplar del año 62, que no había vuelto a ver desde que era un crío, ha terminado ahora en mis manos...


Finalmente la historia me atrajo más por la trama (que tiene que ver con la percepción de un adolescente de la religión que se practica en su entorno) que por el estilo. Sin embargo, no se puede negar que Joseph O´Neill lleva razón en cuanto a la maestría de Updike, como puede apreciarse de las prímeras líneas del mencionado cuento, que arriba he colocado.

sábado, 26 de marzo de 2011

The Fortress of Solitude (Jonathan Lethem)



Este es uno de los libros más bonitos e interesantes que he leído en los últimos años. Me ha impresionado sobretodo la primera parte (titulada Underberg), que es un recuento o memoria, escrito en tercera persona, de los años de infancia y adolescencia del protagonista (y narrador) Dylan Edbus, a partir de aquellas impresiones que cautivan e importan a un niño, primero, y luego a un adolescente, es decir evitando cualquier conexión con la persona del adulto que es el mismo Dylan en el presente.


Como si fuera aquel pequeño y joven Dylan otro ser, su mundo, un paisaje de imaginación, hecho de las preocupaciones, anhelos y miedos de un niño.


Está escrita con una minuciosidad de relojero para esos detalles que definen la visión de un joven de su propio entorno, del ambiente en que le ha tocado crecer, en este caso un barrio bajo de Brooklyn en los años ´70, donde viven negros y latinos pobres en su mayoría, que asisten a escuelas públicas en las que no hay nada que aprender y mucha música nueva que escuchar.


Paso a paso, seguimos la trayectoria de Dylan, desde la vereda frente a su casa, a la cuadra donde vive y a las escuelas públicas que debe frecuentar, por el idealismo de sus padres; su peculiar forma de superar su miedo a este ambiente, en que él forma parte de una minoría racial, y de adaptarse a los juegos y reglas de la calle, refugiándose en la amistad con otro joven de su misma edad, Mingus Rude, hijo de un cantante negro de música soul en decadencia y una mujer blanca ausente.


Esta trayectoria termina con la entrada de Dylan en un ambiente diferente, donde él deja de sentirse temeroso y excluido, necesitado de la protección de Mingus; en su rechazo hacia aquel mundo de su infancia, del que comprende que debe huir para siempre.


Las otras dos partes del libro me parecen epílogos o complementos de la primera. Nos encontramos con el Dylan de fines de los '90, un hombre soltero, inmaduro, inseguro y resentido, que se ha ido a vivir a California y trata ahora de explicarse, a través de su reencuentro con aquel mundo de Brooklyn que dejó atrás, sus dificultades y cuestionamiento del presente.


El contenido de este libro tiene que ver mucho con las marginaciones raciales, la música americana de los ´70, las drogas, las utopías de los padres sesenteros blancos, temas que seguramente alguien más versado que yo podría aclarar y exponer. A mí me interesó por su peculiar manera de recrear una infancia que me trajo varios recuerdos de la mía, de ese ambiente de juegos callejeros, de nuevos discos de música, de historietas con superhéroes, de jerarquías y arbitrarias diferenciaciones infantiles y juveniles, de padres con ideas demasiado originales y poco realistas.


Cómo el deseo de crear esa "zona intermedia", esa utopía, afecta al niño que viene al mundo para tratar de hacerla realidad. Cómo este niño llega a comprender que el mundo real es muy diferente a los sueños que sus padres, aficionados a la marihuana, han urdido como un modo de vida superior, una utopía que llega a tener, a las justas, algunos momentos de vigencia, para luego ser tragada por el exceso, la ignorancia o la ambición.


domingo, 20 de marzo de 2011

La promesa del alba (Romain Gary)



"Aprendí de forma lenta, pero segura, a bajarme los pantalones en público sin sentirme en absoluto azorado. Forma parte de la educación de todo hombre de buena voluntad. Hace mucho tiempo que ya no temo al ridículo; hoy sé que el hombre es algo que no puede ser ridiculizado."






(Traducción de Noemí Sobregués)






* * *






Hace varias semanas, un amigo me contó que viendo una película francesa se encontró con una escena en la que se leía en voz alta un fragmento de La promesa del alba; otro, no éste. Dicho sea de paso, no sé de qué película se trata.




El caso es que le gustó tanto que mandó traer varios ejemplares de la obra del autor (mi amigo es propietario de una librería) y yo me he comprado uno de ellos.

sábado, 12 de marzo de 2011

El atentado (Harry Mulisch)

Tras una primera lectura, debida a esta recomendación, se me ocurren algunas cosas relacionadas con la trama de esta novela.







Creo que Anton Steenwijk trata de escapar de una idea, que viene a ser como una explicación de la muerte de su familia. Esta idea es la de que sus miembros (padres y hermano) no eran personas suficientemente buenas y que por ello les tocó en suerte ser víctimas de las represalias del atentado. Steenwijk quiere olvidar completamente aquella amarga noche de 1945, porque está huyendo de todo lo que esta idea implica. Sin embargo, los encuentros que van sucediento a lo largo de cada "episodio" van conformando un cerco que confirma la plausibilidad de esta idea. Primero están los Beumer, a quienes su hermano estuvo dispuesto a perjudicar, pese a que eran inocentes y amigos de sus padres, que le sugieren que a ellos no les tocó morir aquella noche porque eran creyentes, a diferencia de la familia Steenwijk, que eran paganos (aunque en la novela no se hace mención a sus creencias, hay una curiosa alusión al hecho que el padre de Anton acostumbraba a caminar por delante de su madre, como hacían los indonesios, y con la cabeza gacha).


Esta primera exposición de la idea es un poco débil para un hombre como Anton. Sin embargo, cuando se reencuentra con el hijo de Pleog, vuelve a aparecer la cuestión de las culpas y las responsabilidades. En este caso, Anton le dice a Ploeg que los errores de su padre no son un impedimento para quererlo. Una propuesta que seguramente proviene de la experiencia personal de Anton. Luego Ploeg le recuerda que Anton, cuando ambos eran pequeños, tuvo con él un valiente gesto de camaradería.

En la exposición de Ploeg los comunistas (la resistencia) fueron los responsables morales de la muerte de la familia de Anton, porque sabían que seguirían represalias al atentado.


Años más tarde Anton se encuentra con uno de estos "comunistas". Pero en lugar de hallar al responsable de su tragedia, encuentra a otra víctima de la violencia de la guerra. Al fascismo no había otra forma de combatirlo que con violencia. Hay que odiarlos un poco, pero sin ser llegar a ser como ellos. Su padre, por contra, era un ser pasivo, un actuario, que certificaba lo que otros hacían.


Finalmente, ya en su madurez, Anton se encuentra con Karin Korteweg. Ella y su padre motivaron la serie de acciones que condujeron a la muerte de su familia. Ellos podrían ser finalmente considerados los verdaderos responsables morales de esta tragedia. Incluso Anton llega a sentir satisfacción por el destino final del padre de Karin. Pero finalmente le es revelado que la primera acción, llevada a cabo por Karin y su padre, estuvo motivada por salvar de una muerte segura a los Aarts.


Es decir, los tres vecinos de los Steenwijk eran buenas personas, los Beumer inocentes y creyentes; los Korteweg quisieron proteger a los Aarts y no podían prever la gravedad de las represalias; los Aarts guardaban heroicamente un secreto que si los alemanes lo descubrían les costaría de seguro la vida y eso lo sabía el padre de Karin.



(Él mismo fue una persona valiente al ayudar al hijo de Ploeg y al tratar de impedir que su hermano Peter perjudicara a los Beumen, ¿quizá por eso sobrevivió?).


De suerte que...

De alguna manera Anton no pude escapar de esta idea, no tiene otra forma de racionalizar las cosas que llegar a esta explicación... Salvo que nada tenga explicación, los inocentes sean los culpables, y los culpables, inocentes, y que la vida sea un infierno (que todo suceda por causa de unos lagartos) y que nada tenga ningún sentido.


Creo que el final se ofrece como una forma de salir de estos razonamientos estériles, a través de una apertura hacia la comunidad y la participación en un ideal pacifista.

domingo, 6 de marzo de 2011

Less Than Angels (Barbara Pym)





Por estos días ha estado celebrando mi cumpleaños y un regalo especial que me he hecho a mí mismo ha sido el de dedicarme por entero a la lectura de este libro.


Lo escogí, nuevamente, por el entusiasmo de Pablo y Cristina (del blog En Barcelona), entusiasmo que me llevó a buscar el volumen en una estantería de una biblioteca británica, hasta encontrar un ejemplar del año 1983, bastante amarillento por cierto, pero legible y muy bien encuadernado (y poco usado desde esa década).



Sería ocioso añadir más a lo ya dicho en los enlaces mencionados, así que bastará con anotar algunas peculiaridades que -en lo personal- me han llamado la atención de este libro. Lo primero que quiero mencionar es el apego a lo prosaico, tanto en el aspecto exterior -las circunstancias, los escenarios- como interior, es decir, los sentimientos y el trazo de los personajes. Estos últimos son deliciosos ejemplos de caracteres bastante ordinarios, pero de los que la mirada, entre irónica, humorística y compasiva, del narrador omnisciente revela aspectos intrigantes y contradictorios, que los vuelven únicos y atractivos para el lector (al menos para este lector, que es alguien también muy ordinario, por cierto).


Esto se aprecia muy bien en Deirdre y en Catherine; la primera parecía, en principio, una típica heroína sarcástica y rebelde, asfixiada por un entorno "pequeño-burgués" del que pugna por escapar. Catherine parecería un ejemplo de "mujer libre", cuya vida es una afrenta a las buenas costumbres de la sociedad. Pero, poco a poco, vamos viendo que ambas no son sino seres ordinarios y confundidos que anhelan no otra cosa que lo mismo que el resto de las mujeres que pueblan esta novela: vivir la experiencia de sentir un intenso afecto por un hombre, preocuparse por sus cosas, cuidarlo, esperarlo, verlo, etc.





Creo que el destino de Tom Mallow y lo que provoca en estos personajes ilustra otra idea emparentada con lo anterior: el hombre como un objeto, "algo" que resulta ser necesario en la vida de una mujer, al nivel más profundo de los afectos del corazón. Resulta curioso que lo que les interesa finalmente sea la experiencia de vivir este afecto, aun cuando sea de una manera negativa y dolorosa, que la persona del hombre en sí. Creo recordar un párrafo que dice algo así como que si no se puede tener todas las experiencias en la vida, por lo menos hay que tener las dolorosas, las de la pérdida y el despojo. En este sentido, la peor de las situaciones sería la de la tía solterona de Deirdre.


Otro aspecto que me gustó mucho del libro ha sido la inclinación de su autora por describir los rezagos, en medio del mundo moderno (los años 50), de una época ya ida, como es la eduardiana y sus tradiciones rurales, para lo cual le basta pequeñas descripciones de objetos, muebles o actitutes; o sencillas frases como ésta: "... char-a-bancs, or coaches as they are now called...".



Less Than Angels es una joyita de obra, muy bien construida, que se aferra a las cosas ordinarias, a veces a las cosas pasadas de moda, con descripciones muy justas y evocativas, y observaciones precisas, muy femeninas, sin personajes aleccionadores o intentos de crítica social o ideológica, a lo E. M. Forster, por proponer una comparación, siempre odiosa (pero es que me acabo de acordar de lo poco que me gustó Una habitación con vistas).



Como no encuentro la imagen del ejemplar que he leído (Jonathan Cape, tapas duras con una cubierta de color rojo y letras más bien grandes), coloco aquí una foto de Miss Barbara con un gatito.


domingo, 20 de febrero de 2011

Velocidad de los jardines (Eloy Tizón)



De tierras lejanas llegó a mis manos este libro, que no me canso de releer. Ayer o antiayer, no recuerdo, estuve con Familia. Desierto Teatro. Casa, ahora con Los puntos cardinales. Qué original todo, una maravilla. Y pensar que circulaba desde el ´92. Se lo pedí a mi hermana gracias a la encuesta de El síndrome Chéjov.

domingo, 13 de febrero de 2011

Dos libros prestados






Symposium, de Muriel Spark, lo pedí por el entusiasmo con el que comentan de ella (de Muriel) en los excentes blogs Como una metáfora y Strange Library, y no me ha decepcionado, aunque tampoco me haya satisfecho plenamente. Es como un pequeño artefacto, muy bien diseñado y elaborado, que va descubriendo poco a poco sus secretos al lector, quien no puede desprenderse de sus páginas. Sin embargo, al final, como que me dejó la sensación de una carencia a un nivel más profundo, como si hubiese disfrutado de un platillo exquisito, de la más refinada cocina, pero que no haya saciado del todo mi hambre.

¿O es que quizá yo no haya sido capaz de entender todas las implicancias del argumento?




Con Divisadero, de Michael Ondaatje, repetí una experiencia que tuve con su anterior libro, The English Patient; es como si los personajes tuvieran una consistencia vaporosa, no fueran humanos sino trasuntos de una obsesión del autor, seres no terrenales sino ideales. Me llevé el libro porque comienza muy bien, en una granja de California, en los años 70, con una prosa de lirismo y belleza (y precisión, hay que añadir) muy característica, pero luego, a diferencia de The English Patient, la historia avanza rápidamente y, a la mitad, se trunca, para dar paso a otra historia, con otros personajes y en otra época y lugar, a través de la cual se trata de entender o explicar mejor las consecuencias de la primera, para una de sus protagonistas (la chica que antes era Anna).


Debo decir que me gustó más The English Patient, con su interesante explorador que viaja por el desierto con el libro de Herodoto bajo el brazo; quizá el hecho de que esta novela abarque menos ámbitos geográficos y temporales contribuya a dotar de una mayor solidez a sus personajes, en comparación con Divisadero, en la que rápidamente se exponen los sucesos y las motivaciones, se explican muchas cosas y se hacen muchas referencias históricas, todo para ilustrar la idea de que el arte puede salvarnos de la "cruda verdad" de una experiencia del pasado.


¿Quizá deba añadir "sólo para fans de Ondaatje"?


jueves, 27 de enero de 2011

Adquisiciones de un viaje




Uno de los propósitos que me hice para este viaje fue el de buscar algunos libros que merodeaban por mi mente como objetos perdidos para siempre.






Varios años atrás, encontré un ejemplar de La prueba acústica, de S. Lenz, traducido por Joan Parra para la editorial Tusquets, y no sé si por el precio o por otra motivación no lo compré, aquella vez, para luego estar más que arrepentido de ello. Pero he aquí que ahora, en esa misma librería,y se puede decir que casi en el mismo rincón de años atrás, me esperaba, con precio reducido, este ejemplar tan bonito, como si estuviera allí sólo para mí.






En otro sótano, esperando allí más de veinte años seguramente, me aguardaba la edición de Nosotros (Y. Zamyatin) de Alianza, algo ajada por el mal tiempo, pero legible. Me enteré de la existencia de esta obra por un artículo, aparecido el año pasado, sobre la novela de Orwell, 1984, que, al decir del autor de aquella pieza periodística, estuvo inspirada en la obra del escritor ruso, la cual además la supera.











He hecho otras adquisiciones que, igualmente, me esperaban ansiosamente en el mismo lugar del estante donde las ví algunas vez, tiempo atrás, cuando vivía en la ciudad a la cual viajé la semana pasada: Mi idololatrado hijo Sisí (Delibes); y la colección de cuentos de DFW, Oblivion, ya que me faltó valor para comprarme, en su momento, Infinite Jest.

miércoles, 26 de enero de 2011

Viaje de lecturas





He estado de viaje. Oportunidad para terminar dos libros que tenía pendientes desde hace meses y que no me animaba a acabar precisamente porque esperaba que llegara una ocasión como ésta: ratos muertos en el aeropuerto y momentos vacíos mientras se atraviesa el cielo.








El primero, la traducción de Doctor Copernicus de Banville, titulada simplemente Copérnico, es un libro engañoso; más que una relato biográfico, es una ensoñación basada en las ideas que despierta el personaje histórico en un hombre contemporáneo como Banville.




Bien, supongo que si hubiese leído los libros de historia mencionados en el apéndice, habría sacado un mejor provecho de este volumen, ya que el autor no ha buscado exponer hechos o circunstancias del pasado europeo para un neófito, sino que los da, hasta cierto punto, por sabidos, para ir más allá: interpretar la vida a través de Copérnico. El contraste entre la persistente búsqueda de una comprensión racional del mundo y el brutal asalto de lo irracional y absurdo, que se manifiesta permanentemente en la vida cotidiana y en las luchas político-religiosas de una época.






Sobre el otro, Los perros de Riga, no hay mucho que decir. Sólo que me lo compré, tiempo atrás, intrigado por el personaje de Baiba Liepa que aperece brevemente en La quinta mujer, libro que me gustó mucho más (quizá debido a que la traducción sea mejor, no lo sé).



martes, 11 de enero de 2011

La vida instrucciones de uso (G. Perec)



Resulta curioso que precisamente me haya olvidado de este libro en mi recuento de lecturas del año 2010. Probablemente, de no haber incurrido en este olvido, lo hubiese colocado al lado de Austerlitz y The Wapshot Chronicle. Pero aquí está, para subsanar la omisión, justo hoy que me acordado de él, cuando miraba las cosas en el cuarto de baño, una a una, después de sacar de su funda mi nuevo cepillo dental.




La edición es la de la imagen, pero el ejemplar que leí no es mío, sino de una biblioteca pública. Decidí sacarlo por una serie de recomendaciones seguidas que leí en distintos lugares, casualmente, y porque el libro estaba muy gastado por el uso de innumerables lectores anteriores.




Lamentablemente, el ejemplar en cuestión estaba mal encuadernado y un buen número de páginas se encontraba de cabeza, así que había que voltear el libro para leer.


Pequeñas curiosidades que, supongo, nada tiene que ver con la obra, magnífica por otra parte.