viernes, 30 de diciembre de 2011

Un año de lecturas (2011)

Una lista de los libros que más me gustaron, los que más disfruté, no necesariamente “los mejores”.

Los que esperaba:

Quartet (Jean Rhys)
The Puttermesser Papers (Cynthia Ozick)
Silence (Shusaku Endo): Traducido al inglés por W. Johnston.
El atentado (H. Mulisch)


Los que no esperaba y me sorprendieron:

La boda de Ángela (José Jiménez Lozano)
Brooklyn (Colm Tóibín)
Less Than Angels (Barbara Pym)
The Fortress of Solitude (J. Lethem)
Velocidad de los jardines (Eloy Tizón)


Algo de no ficción:

Comentarios reales de los incas (Inca Garcilaso de la Vega): Hay libros a los que hay que acercarse con algunos años encima para saber disfrutarlos y valorarlos como merecen.

Colonial Habits: Convents and the Spiritual Economy of Cuzco, Peru (Kathryn Burns).


Sólo para fans :
Offshore (P. Fitzgerald)
Entre mujeres solas (C. Pavese)



Además… la gran decepción:Doctor Pasavento (Vila-Matas). ¿Las razones? Las explica mejor Vicente Luis Mora.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Dos breves novelas

Por estos días he estado leyendo, entre otras, dos novelas breves que fueron seleccionadas, en distintos años, como finalistas del premio Booker y que, a pesar de su excelencia, finalmente no lo obtuvieron.
Master Georgie, de Beryl Bainbridge, fue seleccionada además, en una encuesta, como la mejor entre otras cinco obras de esta misma autora que fueran, en distintas épocas, finalistas del mencionado Booker.
Esta obra está narrada, de manera alternada, por tres de los protagonistas, de manera que cada cual puede ofrecer al lector su particular perspectiva de los sucesos y del conjunto de los personajes que intervienen en ellos.

Con esta técnica se consigue despistar al principio, pero sirve para crear una impresión muy clara de lo subjetivas y fragmentarias que pueden ser las narraciones que hacen las personas sobre las cosas que las afectan más de cerca.

Progresivamente se va conociendo cuáles son las verdaderas relaciones que existen entre todos los personajes y los sentimientos que los unen. El efecto que se busca producir a partir de las cosas relatadas –más allá de lo desagradables que en sí mismas resultan las peripecias de una guerra, como fue la de Crimea (1853-6), trasfondo principal del relato– es chocante e inesperado. Se trata de revelar paso a paso una realidad truculenta y escabrosa, debajo de una apariencia de respetabilidad victoriana. En su brevedad, la novela quiere ofrecer un sintético tapiz social, a partir de distintos puntos de vista, que ponga en evidencia un inconciliable contraste entre los deseos y sentimientos con que las personas actúan en su vida cotidiana y las estructuras y costumbres que busca imponer, a todos por igual, la moral de una civilización.

On Chesil Beach, de Ian McEwan, me ha parecido un relato más fino, interesante y completo, a pesar de que hay un solo narrador y dos protagonistas, típicos personajes, además, de una trama amorosa: jóvenes ingleses, educados, sensibles, atractivos.

Si podría decir que el autor no se ha tomado molestias a la hora de escoger unos personajes, un ambiente y unos contextos familiares y sociales (en contraste con Bainbridge que busca dar voz a seres de dispares posiciones sociales y niveles culturales y además ponerlos en medio de una guerra del siglo antepasado), pero la alternativa de ahondar en el perfil psicológico de los dos amantes protagonistas resulta ser una elección muy atractiva.
Hay, en este sentido, equilibrio y contención en la presentación del tiempo y lugar (Oxford y Londres, poco antes de la revolución de las costumbres en los años ´60), o en la descripción de la mentalidad y la educación con que los protagonistas llegaron a la adultez, sin que la trama quede determinada por el contraste entre estos condicionamientos y los impulsos individuales de los personajes.
No se puede decir, pues, que la problemática que afecta a los personajes sea sólo un producto de los factores sociales, de unas tradiciones o de la forma en que la sociedad contribuye a moldear el carácter de los individuos. Hay además un asunto muy personal bajo análisis y luego una decisión que provoca preguntas y remordimientos, y en esto el relato de McEwan me ha parecido, en el fondo, ser más complejo o intrincado que la más arriesgada y variopinta invención de Beryl Bainbridge.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

El amor verdadero (JM Guelbenzu)



Esta novela nos presenta el devenir, a lo largo de más de media centuria, de un grupo de amigos que tienen en común haber nacido en los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil española, haber crecido a la sombra del franquismo y haber madurado en la época de la transición y los primeros años de la democracia de aquel país.

De entre todos ellos destaca la pareja que conforman Clara y Andrés, y lo que los diferencia del resto es que ellos son el uno para el otro, el hombre y la mujer de sus vidas, respectivamente, o, en palabras del narrador, que ellos sí ha llegado a conocer el amor verdadero.

Casi al inicio de la narración leemos lo siguiente: “Dinero, poder, gloria, sexo… ¿por qué no acaban de ser una compensación ante la dolorosa contemplación de la luz en decadencia? Pero queda lo que en verdad acompaña a los afortunados, a aquellos que han conocido, por sentimiento, inteligencia y esfuerzo, el amor verdadero.”

Toda la obra gira en torno a esta proposición y busca ser algo así como una demostración de ella. Ni la opresión de la familia tradicional, la religión y el régimen político durante la juventud, ni los desencantos que trae después una vida de menor estrechez ideológica y moral, en los años ochenta y noventa, hacen palidecer la fuerza de este particular vínculo, cuya esencia los protagonistas, a medida que van haciéndose mayores, tratan de elucidar.

En la base de este vínculo amoroso no está ni la tradición (específicamente las creencias religiosas o la esperanza de una vida después de la muerte) en la que han nacido los protagonistas, ni el escepticismo racionalista que profesan desde muy jóvenes, y lo que la novela finalmente va revelando o explicando es precisamente que este vínculo es lo único auténtico o real –en contraste con la insuficiencia radical de creencias e ideologías– que sostiene la posibilidad de una vida feliz y constituye la base sobre la que descansa el destino de esta pareja.

Por la calidad y precisión de su prosa (salpicada de pertinentes citas poéticas que van desde Jorge Manrique hasta Elizabeth Bishop), propia de un autor verdaderamente maduro, y su persistencia en no caer en complacencias, la lectura de esta novela es muy grata y da pie a múltiples reflexiones acerca de los alcances de todo el argumento. En lo personal, me pareció que la emotividad y belleza de las páginas del comienzo, cuando fluye en el relato una intensa fuerza vital, que empuja el nacimiento de los protagonistas y su andar durante los primeros años de niñez y juventud, se resiente mucho después. En efecto, la posterior madurez y asentamiento de los protagonistas en una vida estable encasilla esta fuerza y, a medida que aquellos tratan de darse una explicación de sus destinos, aparecen formulaciones morales que dan lugar a una especie de "doctrina" acerca de cómo hacer para vivir bien y feliz. Clara Zubia (el personaje más interesante, junto con Cadavia) se va convirtiendo en una especie de sacerdotisa o “santa” que encarna y enseña a los demás esta doctrina de vida y pierde así mucho de su encanto inicial.

Por otra parte, me he preguntado muchas veces por qué tenían los dos que ser tan afortunados. Ambos se rebelan contra sus respectivas familias (sobre todo Clara) pero se dejan sustentar por ellas mientras estudian en la universidad sin saber exactamente qué van a hacer con esos estudios más adelante; después de acabar de estudiar tienen la oportunidad de coquetear con una y otra actividad laboral, mientras se refugian, en la noche madrileña, de la mediocridad de la “vida oficial”. Cuando finalmente pasa la edad de las juergas nocturnas, llega con la democracia una bonanza económica de la cual se agarran para acomodarse muy bien como pareja casada con hijos. Cuando se les viene una crisis, la herencia que recibe Clara de su odiado padre les da un respiro valioso. El resto de sus amigos sucumben a la soledad, a las componendas, a la enfermedad, al fracaso sentimental, pero ellos pueden, con sus dosis de dolor y miedo, seguir siendo una pareja ejemplar y estable, salir airosos de sus dilemas morales y contemplar la vida con placidez.

No pude evitar preguntarme muchas veces: ¿Qué hubiera pasado si…? El narrador reconoce que ni Clara ni Andrés son héroes y dice, con algo de sofista, que éstos se quedaron en Troya y que la época actual no es tiempo para dichos héroes sino para gente… ¿normal?, ¿que tiene el suficiente sentido común para no tirar al traste un matrimonio?, ¿que tiene el sentido práctico necesario para no caer en crisis irreparables?, ¿que tiene la suficiente sabiduría de vida para desconfiar de todo menos de su voluntad por preservar su vínculo de pareja?

¿Es la vida de Clara y Andrés suficiente prueba para un amor que se pueda llamar verdadero? Pero es que ¿tiene que haber una prueba de tipo heroico, una enfermedad o un dilema insuperable? ¿O el amor verdadero tal como lo entiende el narrador precisa justamente de circunstancias favorables, no extremas?

En fin, lo cierto es que nuestro narrador, con toda su experiencia (¿no nos pide acaso que le llamemos Asmodeo?), no ha querido que pasen por pruebas mayores ni que sucumban a estragos profundos, sino que sepan aprovechar bien todo lo que se les presenta, sin caer en excesos ni traiciones. Pese a ello la narración de sus vidas es interesante y digna de contarse. Parece que mejor es, pues, que los dejemos así.

viernes, 28 de octubre de 2011

Shroud (John Banville)




Como ha sucedido a mucha gente (supongo), yo conocí a John Banville gracias al premio Booker que le dieron por su novela The Sea (2005). Fue un libro que disfruté, en su momento, se puede decir que párrafo a párrafo, gracias a lo esmerado y evocativo de su estilo; una experiencia que he buscado revivir después en otras obras del mismo autor.

Lamentablemente, en las novelas suyas que llevo ya leídas –Copérnico, Eclipse y ésta, Shroud– no he vuelto a repetir aquella inolvidable aventura. Evidente es que Banville es un consumado prosista, con un estilo muy propio, que no pierde en estas obras… ¿Qué es lo que es diferente? El punto de vista sigue siendo el mismo, la carga de subjetividad, las densas y obsesivas descripciones...

En Shroud, el protagnista-narrador se hace llamar Axel Vander, académico de origen belga. Carga con un pasado oscuro, que tiene su origen en los avatares de la época inmediatamente anterior a la Segunda Guerra Mundial. Una joven con trastornos psíquicos, llamada Catherine Cleave (la hija del Alexander Cleave de Eclipse), se pone en contacto con él, al parecer, para chantajearlo con un documento que revelaría algo importante de aquel pasado. Este algo tiene que ver directamente con una “identidad” o un “yo”, que es lo que Vander, el intelectual, niega que pueda existir como una realidad estructurada, coherente o única.

“Shroud” quiere decir mortaja o sudario y alude, entre otras cosas, al hecho de que Vander ha construido su vida fabricándose una identidad impostada, encubriendo sus orígenes, presentándose a los demás con una máscara que le permita liberarse de cualquier condicionamiento que le pueda venir impuesto por un pasado, unos lazos comunitarios, un compromiso o un ideal que no tenga que ver con su propia sobrevivencia…

Toda la acción de la obra se presenta al lector filtrada por la subjetividad de este narrador. Aparecen y desaparecen personajes, como fantasmas o alucinaciones, cuya influencia o importancia no se puede calibrar a cabalidad, salvo cuando el mismo narrador decide revelar, caprichosamente, algún hecho concreto o una palabra dicha por aquellas sombras-personajes, a las que él se refiere con un desdén que recuerda demasiado al del Humbert de Lolita.

Pero es el excesivo peso que tiene en toda la obra la personalidad del Axel Vander, en detrimento de lo todo lo que no sea él, lo que termina restando atractivo a su relato. Lo puramente falso o grotesco, la ausencia de esperanza o de sentido, la negación de todo lo que sea aplastante casualidad, aunque venga justificado o respaldado por un sustrato teórico o filosófico, y/o condimentado con frases ingeniosas, al final cansa. Ni el cambio, en algunos pasajes, de la primera a la tercera persona (y en cierta forma, del punto de vista, de Vander a Catherine Cleave) consigue aliviar el peso que tiene, sobre la “realidad” narrada, una subjetividad hecha de cosas negativas, de ausencias, de incongruencia y dispersión… Sólo hay un instante, me ha parecido a mí, en que Vander parece abandonar esta condición de vida (éste, su “aparato crítico” o su cínica manera de aproximarse a todo) y se deja arrobar por la presencia de Catherine Cleave:

“For a moment I was dazzled by the otherness of her. Who was she, what was she, this unknowable creature, sitting there so plausibly in that deep box of mirrored space? Yet it was the very she, in all the impenetrable mysteriousness of her being entirely other, that I suddenly desired, with an intensity that made my heart constrict…”

En contraste, The Sea, una obra que se ha calificado como más ligera, al carecer precisamente su personaje principal de la carga intelectualista del Vander de Shroud, consigue aproximarse más eficazmente a los sentimientos humanos, dibuja personajes más completos, presenta un mundo novelesco menos esquematizado y más cercano a la vida, al misterio o al embrujo de la vida, a las cosas inmediatas que la voz del narrador Max Morden, o la prosa de Banville, acierta a describir y evocar.

martes, 11 de octubre de 2011

La boda de Ángela (José Jiménez Lozano)



Qué difícil puede resultar conseguir leer a determinados autores españoles. En este caso, gracias a la bondad de una querida viajera (a traveling cuy), he podido tener en mis manos este interesantísimo y breve volumen, una evocación, algo intrincada, que ha requerido de una placentera segunda lectura (sin que, empero, pueda decir que me haya enterado de todo).


El narrador de esta historia se dirige a su hermana Tesa para contarle algunos incidentes de la boda de la sobrina de ambos, Ángela, un evento común y corriente, en apariencia, pero que da pie a que la memoria de aquel se despliegue por varios rincones de la historia de su familia, que explican el por qué de aquella boda y el desenlace de la misma.



Como en la obra de Shirley Jackson que leí hace poco, se presenta aquí, como eje del relato, un enfrentamiento que podría ser resumido, escuetamente, de esta manera: un entorno familiar, rural, anclado en el pasado, noble y austero, contrapuesto al más difuso, extraño y agresivo mundo de “los notarios, ingenieros y hombres de negocios”, que llegan a la finca donde tiene lugar la boda.


Pero la ejecución de esta novela resulta mucho más interesante: el narrador es más escueto y cauteloso; evita todo lo que sea prescindible; es exquisito sin parecerlo; y deja que se escuchen –libres, desnudas– las voces de cada uno de los protagonistas, como si efectivamente sólo se estuviera dirigiendo, al contar la historia, a su hermana Tesa, que los conoce a todos. El recurso de dirigirse a ella ("¿te acuerdas, Tesa?") sirve de motivo para prenderse de un detalle, un dicho o una palabra y evocar, rompiendo inesperadamente la continuidad del relato, un suceso específico de otro tiempo, que sirve para iluminar precisamente la acción del presente.


La voz narrativa mezcla con habilidad, al igual que los diferentes tiempos de la historia, el lenguaje coloquial con el culto, el vocablo castizo con el habla local y familiar. Por otra parte, parece que sólo rozara los temas de fondo, tratándolos con aparente sencillez, pero permitiendo que el lector vislumbre una profundidad que lo lleva a querer releer nuevamente el texto, para atar todos los cabos y valorar otra vez la importancia que tiene cada frase para la comprensión del conjunto.



Parecen cosas nimias y obvias, pero la maestría de este escritor está, me parece, en el cuidado con que trata cada una de estas cosas pequeñas, y en la coherencia y armonía con que se refiere a temáticas varias y hondas, con el marco de un mundo novelesco atractivo, sin recurrir a expresiones solemnes o recargadas, ni párrafos repetitivos e innecesarios.

jueves, 6 de octubre de 2011

Silence (Shusaku Endo)





A veces uno se encuentra con oportunidades del todo inesperadas. Así me ha ocurrido con este libro, que no esperaba poder leer tan pronto. Hallé esta versión en inglés (traducción de William Johnston) en una biblioteca que visito con alguna frecuencia y no pude evitar prestármelo.

El núcleo de la historia se desarrolla a partir del año 1637. Ha pasado casi un siglo desde que el jesuita Francisco Xavier arribara al Japón y más de veinte años desde que se dictara el decreto de expulsión de los misioneros cristianos de las islas. El protagonista, Sebastian Rodrigues, llega secretamente a este país en busca de un misionero portugués (Ferreira), antiguo maestro suyo, que, según vergonzosos rumores, ha renunciado públicamente a su fe, a consecuencia de las torturas infligidas por las autoridades japonesas; asimismo, tiene el firme propósito de dar consuelo y atender espiritualmente a los miles de cristianos nativos, obligados a practicar su recientemente adquirida religión a escondidas, debido la prohibición que ha recaído sobre el cristianismo; y, si fuese necesario, ofrecer su vida como mártir.

Poco a poco, el armazón de concepciones con que Rodrigues inicia su misión se deshace por efecto de la peculiar realidad a la que se enfrenta, y la forma en que entiende el cristianismo entra en una profunda crisis, que lo lleva a replantear o reenfocar sus creencias radicalmente. Las autoridades japonesas han aprendido a utilizar ciertos aspectos de la doctrina cristiana en su dedicada y sutil labor de erradicación del cristianismo. Estos horrendos métodos, ante los que Dios parece guardar silencio, tienen el efecto de hacer desmoronar en Rodrigues la seguridad que sentía, antes de llegar, en la grandeza de la labor misional y el poder espiritual de la iglesia romana.

La novela busca profundizar en el tipo de cristianismo que llegó al Japón y cómo esta particular manera de entender la fe (que subraya la victoria de los mártires que resisten el dolor, y la vergüenza de los débiles que sucumben a las tentaciones) pierde entidad en su traslado a suelo japonés. Severamente cuestionada esta armazón legalista que busca diferenciar con claridad la conducta fiel de la infiel, la del fuerte de la del débil, y utilizada en contra de los mismos cristianos, lo que queda es el rostro maltratado y agotado de un Cristo que es extraño a la gloria y al honor con que el Japón adornó, en sus inicios, a la labor de los misioneros cristianos, y mucho más cercano a la vida cotidiana que llevaron, después de aquellos años de esplendor, los nativos que quisieron conservar su fe.

Estos planteamientos me han hecho recordar un poco a ciertas novelas de Graham Greene (sobre todo, El poder y la gloria). Aquí dejo un enlace con alguna información más sobre el autor y el traductor, a quien se agradece la necesaria introducción (con las debidas referencias históricas) con que ha acompañado su versión del texto original.

domingo, 25 de septiembre de 2011

We Have Always Lived in the Castle (Shirley Jackson)


Nada sabía de Shirley Jackson hasta que leí los interesantes comentarios de Pablo Chul (aquí y aquí) y desde entonces no pasó mucho tiempo antes de que me topara (casualmente) con un ejemplar de esta novela.


Mary Katherine Blackwood, la protagonista y narradora, introduce al lector, poco a poco, en la historia reciente de su familia. Su voz parece, al principio, más ecuánime que extravagante. Nunca pierde la única perspectiva desde la que narra y su forma de presentar los hechos resulta impermeable a cualquier cuestionamiento. Pero pronto se empieza uno a preguntar si este muro sin fisuras encierra algún grave problema, aún no del todo esclarecido. Ello se hace patente cuando su hermana Constance quiere poner en tela de juicio los fundamentos de la rutina y el orden en que la vida de ambas de desenvuelve y que la sobria narración de Mary representa, precisamente, en su aparente solidez y acabado ensamblaje.



La patología de nuestra narradora se hace visible en su pertinaz interés por conservar este orden de vida, propio y autónomo, establecido por contraposición a las reglas y a los valores que rigen la vida de las personas que son ajenas a su mundo doméstico. A la avaricia y el mal gusto que rodean a su “castillo”, opone toda una estructura de nociones y valoraciones, que se basan, por una parte, en los vestigios de una época anterior, de mayor esplendor y respetabilidad, en su familia, y por otra, en nociones fantásticas, casi infantiles, que resultan, como las primeras, fuera de lugar dentro de lo que podríamos considerar una visión moderna y realista de la vida.


Ejemplo de ello es la escena en la que Constance toca el arpa: "the tall curve of her harp making shadows against our mother´s portrait", nos dice la narradora. El tío viejo Julian observa: "a delicate touch... All the Blackwood women had a gifted touch", mientras el íntruso Charles, en cambio, fija su atención en el valor monetario de los adornos del salón.


Junto a esta manifiesta repugnancia por dejar que lo exterior distorcione el funcionamiento del frágil mecanismo de la vida familiar, juega un importante rol, en la oscura trama del libro, el lazo afectivo entre ella y su hermana, dos personas bien compenetradas dentro de un entorno doméstico muy estrecho, que hace que se inclinen a cooperar en la destrucción todo lo que obstaculiza la realización de una felicidad en común.


Leemos en la contraportada que esta novela es esclarecedora: a marvelous elucidation of life. Lo que ilumina, me parece, es la capacidad de una mente sufriente para concebir un modo peculiar de felicidad, que excluye radicalmente ciertas realidades propias de la vida de cualquier ser humano (por ejemplo, el amor romántico o los lazos comunitarios) y exagera o deforma otras, como el desapego de las cosas materiales y la persecución de una perfección o armonía, de suyo idealista; y para aferrarse desesperadamente a esta frágil concepción (u obsesión) y protegerla de todo lo que la amenace.



Este empeño puede parecer unas veces encomiable y resultar un poco atrayente, y otras, odioso y hasta repulsivo; la autora, parece ser, ha querido otorgarle una recompensa en la admiración o la reverencia de que son tributo las protagonistas al final de la historia.