jueves, 10 de mayo de 2012

The pretty girl




She looked at him again, gave a shrug and a smile, and then pointed to a small Italian picture, a Marriage of St. Catherine. “How should you like that?”, she asked.

“It doesn´t please me” , said Newman. “The young lady in the yellow dress is not pretty”.     
(The american, Henry James)

domingo, 22 de abril de 2012

The Bookshop (Penelope Fitzgerald)

Se dice que, como ciertos pintores que se dedican al mismo tipo de paisaje una y otra vez, hay novelistas que sólo ejecutan variaciones sobre un(os) mismo(s) tema(s). Cada libro es una versión perfeccionada, ampliada del anterior. En cierto sentido, se podría decir esto de Penelope Fitzgerald, al menos si tomo en consideración lo que de ella vengo leyendo. Hasta la fecha no he podido encontrar el libro que supere a The Beginning of Spring; sin embargo, es un gozo ir descubriendo cada uno de las versiones que –digámoslo así– lo prefiguran. No quiero decir que con leer el primero de los mencionados uno abarque en su totalidad a los últimos (y por ende no valga la pena leerlos), sino que hay en todos ellos determinadas temáticas que se van repitiendo, como una seña de identidad, aunque siempre con suficientes rasgos de originalidad para que cada libro valga la pena por sí mismo.

Los protagonistas de Fitzgerald se singularizan por un carácter esencialmente bueno, desde la perspectiva de su rectitud moral quiero decir, pero al mismo tiempo ostentan una cierta torpeza fundamental para desenvolverse frente al resto de personas y ante las exigencias inmediatas que la vida les demanda. La autora va mostrando poco a poco su peculiar interioridad, acumulando lentamente unos sucesos casi anodinos que conforman la trama, hasta que ésta se complica irremediablemente. Lo que queda al final, para el lector, es sin embargo mucho más que aquello que le ha sido, a veces escuetamente, narrado. Hay una urgencia por volver a la primera página porque uno se da cuenta de que hay algo que se le escapa de las manos. Se nos ha dejado con un pequeño abismo de cosas no dichas o quizá sólo esbozadas con una frase, como una estructura no bien formulada, invisible; digamos que sólo apuntada por la autora para que el lector mismo eche mano de su propia capacidad de comprensión y se apropie finalmente, como si lo hiciera él por su propia cuenta y riesgo, de la novela en su entera profundidad. El grado de esta complejidad es lo que va variando (aumentando o ramificándose) en cada libro.

Dicho esto, creo que no vale la pena intentar reseñar la trama de The Bookshop, a riesgo de decir más de lo que debería.

martes, 13 de marzo de 2012

The Whale

(Me parece que es muy difícil expresar con palabras la grandeza de un libro tan demandante y puntilloso, tan brutal y soberbio, como Moby Dick; pero luego es el libro mismo el que sale al paso de estas aparentes dificultades con cosas como ésta):



Oh, man! Admire and model thyself after the whale! Do thou, too, remain warm among ice. Do thou, too, live in this world without being of it. Be cool at the equator; keep thy blood fluid at the Pole... retain, Oh man! in all seasons a temperature of thine own.

(Ch. 68)

jueves, 8 de marzo de 2012

84, Charing Cross Road

Ya van semanas y semanas sin escribir nada... No estoy pasando por un buen momento y sin entusiasmo no vale la pena tratar de hacerlo. He leído, hasta el día de ayer, varios libros, pero ninguno (por más excelente que sea) me ha sacado del foso en que estoy metido. Hoy, sin embargo, un día especialmente malo, me topé con la edición de Anagrama de "84, Charing Cross Road" y puedo que decir que sí, esta vez un bonito rayo de luz se abrió paso por entre las pesadas nubes que ensombrecen el cielo bajo el que vivo. O una brisa fresca hecha de generosidad, buenos modales, confianza y amor por los libros, que apartó los nubarrones de codicia, inflación, intereses monetarios, incrementos y rentabilidad, salvaje competencia, etc, etc., que forman parte de mi vida cotidiana.
Lo que yo querría saber es lo siguiente: ¿Qué ha sucedido para que no sea posible ahora imaginar la existencia de personas como las que mantuvieron esa sencilla y hermosa correspondencia? Porque, verdaderamente, yo no me puedo imaginar a alguien en mi época que pueda hablar con tanto amor de los libros (o de cualquier objeto manufacturado y artístico) y trate con ellos sin pensar en su absurdo valor monetario, en su cualidad de mercancía, en su potencial efecto enriquecedor del bolsillo..., en fin, en la necesidad de duplicar o triplicar su valor monetario y hacer que alguien lo pague (alguien de quien se desconfía completamente, además) a pesar de todo...

Tampoco parece ser posible que en nuestros días alguien hable así de un libro:
"Parece tan nuevo y tan flamante como si nadie lo hubiera hojeado nunca, pero alguien lo ha leído: se abre espontáneamente por sus pasajes más bellos, y el fantasma de su anterior propietario me señala párrafos que jamás he leído antes."
Y, sin embargo, todas estas personas existieron en la vida real (una escritora pobre y un modesto librero, nada menos), y no hace tanto tiempo, en realidad, vivieron en lugares alejados y se cartearon durante años... y dejaron este testimonio tan sencillo y hondo a la vez. ¿Qué nos ha sucedido para que todo esto parezca un relato de pura fantasía?

martes, 10 de enero de 2012

Black Dogs (Ian McEwan)

Este fue uno de los últimos libros que leí el año pasado. Tiene un comienzo muy bueno, verdaderamente prometedor. El narrador nos introduce a su problemático universo familiar, su peculiar manera de compensar la ausencia de sus padres, su posterior aventura matrimonial con Jenny Tremaine, sus remordimientos.

En el relato hay un tono de misterio, de velado pavor, de irrealidad, que encandila y atrae. Sin embargo, el núcleo de la narración se va apartando de este primer universo para asentarse en el de la relación de los padres de su esposa, la pareja que conforman Bernard y June Tremaine. Del presente (violento, absurdo, algo cínico) nos trasladamos al final de la segunda guerra mundial, cuando ellos dos se conocen, y desde allí avanzamos hasta la caída del Muro de Berlín. Hay algo inquietante, indescifrable que flota en la narración que fluye dentro de este periodo. Nos preguntamos que ha separado tan drásticamente a Bernard y June. Es necesario retornar al final de la guerra.
Todo el relato es verdaderamente muy interesante, el libro no se puede soltar, el autor nos va preparando para la presentación final de su versión de lo que aconteció en una región al sur de Francia, un lugar de misteriosas connotaciones, allá en 1946.
Pese a que el libro me ha entretenido mucho, al final me ha parecido que la intención de exponer una idea ha opacado el natural desarrollo de la problemática de unos personajes muy interesantes. Además el inicial tono misterioso, evocador de lo invisible o incomprensible, se diluye un poco o se simplifica. Uno se pregunta si la discrepancia de June respecto del dogmatismo marxista de Bernard es suficiente para provocar una separación tan dura entre ambos. Aquí tengo la impresión que ha primado claramente el propósito del autor de contraponer dos “visiones” del mundo (una materialista y una espiritual, digamos) y mostrar que ambas son excluyentes e insuficientes, que el de conducirnos al interior de sus personajes.
En efecto, la transformación de June de una comunista ortodoxa a una creyente en Dios (no específicamente vinculada con una religión o un dogma determinados) me parece más una evolución natural, que obedece a una forma personal de experimentar la vida, que un cambio profundo, una conversión o un giro en lo más íntimo de ella. Su preocupación por solucionar los problemas de la humanidad, su entusiasmo por sacar el mejor partido a la vida, por combatir lo malo de este mundo sigue presente y eso constituye un fuerte lazo vital que la une a Bernard. Su desencanto de la ideología comunista (su convencimiento de hay otra forma de hacer frente al “mal” y su nueva definición de lo que ésto es) no resulta suficiente, en realidad, para justificar su completa separación de Bernard.
No se logra entender, dentro de las coordenadas del relato, que este hecho haya provocado tal distanciamiento, tanto como no resulta convincente que sus particulares formas de entender la vida (Bernard también se descanta del Partido, allá por los ´50s) sean verdaderamente excluyentes, al menos no suficientemente diferentes como para imposibilitar la convivencia de dos seres que se aman.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Un año de lecturas (2011)

Una lista de los libros que más me gustaron, los que más disfruté, no necesariamente “los mejores”.

Los que esperaba:

Quartet (Jean Rhys)
The Puttermesser Papers (Cynthia Ozick)
Silence (Shusaku Endo): Traducido al inglés por W. Johnston.
El atentado (H. Mulisch)


Los que no esperaba y me sorprendieron:

La boda de Ángela (José Jiménez Lozano)
Brooklyn (Colm Tóibín)
Less Than Angels (Barbara Pym)
The Fortress of Solitude (J. Lethem)
Velocidad de los jardines (Eloy Tizón)


Algo de no ficción:

Comentarios reales de los incas (Inca Garcilaso de la Vega): Hay libros a los que hay que acercarse con algunos años encima para saber disfrutarlos y valorarlos como merecen.

Colonial Habits: Convents and the Spiritual Economy of Cuzco, Peru (Kathryn Burns).


Sólo para fans :
Offshore (P. Fitzgerald)
Entre mujeres solas (C. Pavese)



Además… la gran decepción:Doctor Pasavento (Vila-Matas). ¿Las razones? Las explica mejor Vicente Luis Mora.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Dos breves novelas

Por estos días he estado leyendo, entre otras, dos novelas breves que fueron seleccionadas, en distintos años, como finalistas del premio Booker y que, a pesar de su excelencia, finalmente no lo obtuvieron.
Master Georgie, de Beryl Bainbridge, fue seleccionada además, en una encuesta, como la mejor entre otras cinco obras de esta misma autora que fueran, en distintas épocas, finalistas del mencionado Booker.
Esta obra está narrada, de manera alternada, por tres de los protagonistas, de manera que cada cual puede ofrecer al lector su particular perspectiva de los sucesos y del conjunto de los personajes que intervienen en ellos.

Con esta técnica se consigue despistar al principio, pero sirve para crear una impresión muy clara de lo subjetivas y fragmentarias que pueden ser las narraciones que hacen las personas sobre las cosas que las afectan más de cerca.

Progresivamente se va conociendo cuáles son las verdaderas relaciones que existen entre todos los personajes y los sentimientos que los unen. El efecto que se busca producir a partir de las cosas relatadas –más allá de lo desagradables que en sí mismas resultan las peripecias de una guerra, como fue la de Crimea (1853-6), trasfondo principal del relato– es chocante e inesperado. Se trata de revelar paso a paso una realidad truculenta y escabrosa, debajo de una apariencia de respetabilidad victoriana. En su brevedad, la novela quiere ofrecer un sintético tapiz social, a partir de distintos puntos de vista, que ponga en evidencia un inconciliable contraste entre los deseos y sentimientos con que las personas actúan en su vida cotidiana y las estructuras y costumbres que busca imponer, a todos por igual, la moral de una civilización.

On Chesil Beach, de Ian McEwan, me ha parecido un relato más fino, interesante y completo, a pesar de que hay un solo narrador y dos protagonistas, típicos personajes, además, de una trama amorosa: jóvenes ingleses, educados, sensibles, atractivos.

Si podría decir que el autor no se ha tomado molestias a la hora de escoger unos personajes, un ambiente y unos contextos familiares y sociales (en contraste con Bainbridge que busca dar voz a seres de dispares posiciones sociales y niveles culturales y además ponerlos en medio de una guerra del siglo antepasado), pero la alternativa de ahondar en el perfil psicológico de los dos amantes protagonistas resulta ser una elección muy atractiva.
Hay, en este sentido, equilibrio y contención en la presentación del tiempo y lugar (Oxford y Londres, poco antes de la revolución de las costumbres en los años ´60), o en la descripción de la mentalidad y la educación con que los protagonistas llegaron a la adultez, sin que la trama quede determinada por el contraste entre estos condicionamientos y los impulsos individuales de los personajes.
No se puede decir, pues, que la problemática que afecta a los personajes sea sólo un producto de los factores sociales, de unas tradiciones o de la forma en que la sociedad contribuye a moldear el carácter de los individuos. Hay además un asunto muy personal bajo análisis y luego una decisión que provoca preguntas y remordimientos, y en esto el relato de McEwan me ha parecido, en el fondo, ser más complejo o intrincado que la más arriesgada y variopinta invención de Beryl Bainbridge.