¿Está en los problemas sin solución -en las pistas falsas, en los casos muertos- el reflejo de la verdadera naturaleza de las cosas? ¿Toda apariencia de significado carece de verdadero o intrínseco sentido? ¿Existe el significado únicamente en la mente del que analiza?lunes, 23 de mayo de 2011
The Final Solution (Michael Chabon)
¿Está en los problemas sin solución -en las pistas falsas, en los casos muertos- el reflejo de la verdadera naturaleza de las cosas? ¿Toda apariencia de significado carece de verdadero o intrínseco sentido? ¿Existe el significado únicamente en la mente del que analiza?lunes, 9 de mayo de 2011
Dos entre varios libros
De entre todos los libros que he estado leyendo en estas semanas, quiero referirme a dos porque son los que más me han gustado.
La promesa del alba tiene el sabor de lo autobiográfico y no parece precisamente una novela sino un pequeño libro de memorias, en el que un escritor maduro se toma la libertad de mirar con ironía y cierta ligereza sus dramáticos años de infancia y juvetud. Pero precisamente este intento de relativizar lo trágico y duro recurriendo a un lenguaje llano y salpicado de humor, a un tono indulgente y despojado de artificios (aunque sea a veces demasiado sentencioso o didáctico, como lo es quien quiera dejar ciertas aforísticas lecciones de vida a la posteriodad) es lo que hace encantador a este volumen.
Es como si el autor nos estuviera diciendo todo el tiempo: No tengo las palabras ni el talento para reflejar vivamente lo que me tocó vivir, así que me pongo a contarlo de la forma más directa y simple, sin sentir vergüenza de "no estar a la altura" de las cosas. Y precisamente, al final del libro me quedé con la impresión de que hay detrás de todas esas páginas un trozo emocionante, duro y profundo de vida, de la vida real de alguien a quien el destino le deparó una intensa biografía, que se logra vislumbrar más allá de las frases escritas, como una inmensa máquina detrás de una cortina, de la que no nos llega más que un ruido algo apagado pero que nos permite hacernos una idea de lo que encontraríamos si pudiéramos descorrer aquella tela. El lenguaje tiene esa calidad de infiel transmisor, pero la fuerza de lo vivido logra abrirse paso (porque no hay artificios que la ahogen) y uno llega a sentir como cercana toda aquella larga aventura de Romain y su madre Nina Kacew.
No está demás decir que es precisamente esta última la que dota de casi toda su fuerza a esta historia, su personalidad es lo que hace "vivo" a este libro, lo que lo dota de una emoción muy fuerte y especial, y en dejarla a ella hablar a través del relato creo que radica lo maravilloso de su lectura. El hablador de Mario Vargas Llosa era una deuda pendiente, sobre todo desde que ganó el Nobel el año pasado. Aquí también hay un solo personaje que da vida a esta novela. Curiosamente no es un personaje "real", vamos a decir así, sino que es una invención de una invención. Como en Historia de Mayta el narrador nos advierte que está inventándose a su protagonista, aunque se trate ahora sólo de la "segunda vida" de Mascarita, porque no sabe nada de esta última (aunque sí de la primera) que resulta lo más interesante de la novela. Porque el relato de las peripecias del narrador y su afán por conocer a los machiguengas y a los "habladores" se queda muy corto al lado de los capítulos en que (de la mano del narrador) Mascarita toma la palabra y cuenta al estilo machiguenga sus historias. En la forma como el autor ha tratado de reconstruir el lenguaje de un hablador, junto con la recopilación de los mitos de este pueblo, está lo mejor del libro. La vida de escritor académico del narrador (trasunto de Vargas Llosa), con sus becas y viajes a Europa (y su perplejidad tan racionalista ante la decisión de su amigo Mascarita), palidece al lado de la del contador de historias que quiere despojarse de su condición de hombre occidental y pertenecer a este grupo errante y sufrido, cuya misión consiste en ayudar a levantarse al sol todos los días y caminar con él, y donde su papel de contador de historias tiene una importancia superior a la del novelista occidental. Para terminar (y ya que la foto de esta entrada, o post, corresponde a Romain y Nina Kacew) copio aquí una cita de El hablador que pertenece precisamente a una de las historias del kenkitsatatsirira y que me dejó una huella interior: "Lo importante es no impacientarse y dejar que lo que tenga que ocurir, ocurra", me respondía. "Si el hombre vive tranquilo, sin impacientarse, tiene tiempo de reflexionar y de recordar", diciendo. Así encontrará su destino, tal vez. Vivirá contento, quizás. Lo aprendido no se le olvidará. Si se impacienta adelantándose al tiempo, el mundo se enturbia parece. Y el hombre cae en una telaraña de barro. Eso es la confusión. Lo peor, dicen. En este mundo y en el alma del hombre que anda. Entonces, no sabe qué hacer, dónde ir. No sabe defenderse tampoco, ¿que haré?, ¿qué he de hacer?, diciendo. Entonces los diablos y los diablillos se entrometen en su vida y juegan con ella. Como los niños haciendo saltar a las ranas jugarán. Los errores se cometen siempre por la confusión, parece.miércoles, 13 de abril de 2011
Poema pasajero
domingo, 10 de abril de 2011
The Edge
sábado, 26 de marzo de 2011
The Fortress of Solitude (Jonathan Lethem)
domingo, 20 de marzo de 2011
La promesa del alba (Romain Gary)

sábado, 12 de marzo de 2011
El atentado (Harry Mulisch)
Tras una primera lectura, debida a esta recomendación, se me ocurren algunas cosas relacionadas con la trama de esta novela.Creo que Anton Steenwijk trata de escapar de una idea, que viene a ser como una explicación de la muerte de su familia. Esta idea es la de que sus miembros (padres y hermano) no eran personas suficientemente buenas y que por ello les tocó en suerte ser víctimas de las represalias del atentado. Steenwijk quiere olvidar completamente aquella amarga noche de 1945, porque está huyendo de todo lo que esta idea implica. Sin embargo, los encuentros que van sucediento a lo largo de cada "episodio" van conformando un cerco que confirma la plausibilidad de esta idea. Primero están los Beumer, a quienes su hermano estuvo dispuesto a perjudicar, pese a que eran inocentes y amigos de sus padres, que le sugieren que a ellos no les tocó morir aquella noche porque eran creyentes, a diferencia de la familia Steenwijk, que eran paganos (aunque en la novela no se hace mención a sus creencias, hay una curiosa alusión al hecho que el padre de Anton acostumbraba a caminar por delante de su madre, como hacían los indonesios, y con la cabeza gacha).
Esta primera exposición de la idea es un poco débil para un hombre como Anton. Sin embargo, cuando se reencuentra con el hijo de Pleog, vuelve a aparecer la cuestión de las culpas y las responsabilidades. En este caso, Anton le dice a Ploeg que los errores de su padre no son un impedimento para quererlo. Una propuesta que seguramente proviene de la experiencia personal de Anton. Luego Ploeg le recuerda que Anton, cuando ambos eran pequeños, tuvo con él un valiente gesto de camaradería.
En la exposición de Ploeg los comunistas (la resistencia) fueron los responsables morales de la muerte de la familia de Anton, porque sabían que seguirían represalias al atentado.
Años más tarde Anton se encuentra con uno de estos "comunistas". Pero en lugar de hallar al responsable de su tragedia, encuentra a otra víctima de la violencia de la guerra. Al fascismo no había otra forma de combatirlo que con violencia. Hay que odiarlos un poco, pero sin ser llegar a ser como ellos. Su padre, por contra, era un ser pasivo, un actuario, que certificaba lo que otros hacían.
Finalmente, ya en su madurez, Anton se encuentra con Karin Korteweg. Ella y su padre motivaron la serie de acciones que condujeron a la muerte de su familia. Ellos podrían ser finalmente considerados los verdaderos responsables morales de esta tragedia. Incluso Anton llega a sentir satisfacción por el destino final del padre de Karin. Pero finalmente le es revelado que la primera acción, llevada a cabo por Karin y su padre, estuvo motivada por salvar de una muerte segura a los Aarts.
Es decir, los tres vecinos de los Steenwijk eran buenas personas, los Beumer inocentes y creyentes; los Korteweg quisieron proteger a los Aarts y no podían prever la gravedad de las represalias; los Aarts guardaban heroicamente un secreto que si los alemanes lo descubrían les costaría de seguro la vida y eso lo sabía el padre de Karin.
(Él mismo fue una persona valiente al ayudar al hijo de Ploeg y al tratar de impedir que su hermano Peter perjudicara a los Beumen, ¿quizá por eso sobrevivió?).
De suerte que...
De alguna manera Anton no pude escapar de esta idea, no tiene otra forma de racionalizar las cosas que llegar a esta explicación... Salvo que nada tenga explicación, los inocentes sean los culpables, y los culpables, inocentes, y que la vida sea un infierno (que todo suceda por causa de unos lagartos) y que nada tenga ningún sentido.
Creo que el final se ofrece como una forma de salir de estos razonamientos estériles, a través de una apertura hacia la comunidad y la participación en un ideal pacifista.