miércoles, 21 de enero de 2015

Inocencia


DINESH nunca llegó a ser un escritor famoso, pero consiguió escribir y publicar varias novelas. Traduje una de ellas del original hindi al inglés y traté de hacerla publicar aquí, pero me dijeron que el contexto de la novela era muy poco familiar para interesar al público norteamericano. Se trataba un contexto, por supuesto, familiar para mí; de hecho, yo viví en Nueva Delhi y fui no sólo testigo de los principales hechos narrados, sino también parte de ellos.
En aquella historia yo me llamaba Elisabeth (que no es mi nombre); por su parte, Dinesh, que además era el narrador, se convirtió en D. Tanto la Elisabeth de la ficción como yo habíamos venido a la India con el propósito de absorber la sabiduría de una santa que vivía en un piso alquilado cerca de la estación ferrocarrilera de Old Delhi. Se trataba de un viejo edificio, tan atestado de inquilinos y sub-inquilinos que parecía estarse inclinando hacia un lado. Era también muy ruidoso, aunque las dos habitaciones que ocupaba nuestra maestra presentaban una atmósfera de paz. Sus discípulos se sentaban con las piernas cruzadas en un círculo a su alrededor, mientras ella hablaba del Absoluto, tanto en su aspecto de inmensidad inconcebible como en el de aquella diminuta Persona, no más grande que un pulgar, dentro del corazón humano.   
El verdadero Dinesh y el de la ficción tenían la misma actitud hacia nuestro sumergimiento en aquella materia embriagadora. Decía que nosotros vivíamos en una India inventada en el siglo diecinueve por académicos alemanes y que, por tener los ojos fijos en abstracciones místicas y míticas, no éramos capaces de ver hacia abajo, a la tierra y a la gente que la poblaba. Sólo cuando algo desagradable nos acontecía –una enfermedad, o un tendero gordo que nos engañaba, o un joven manoseándonos en un bus–, sólo entonces, decía él, nos dábamos cuenta que vivíamos en un lugar real, una ciudad como cualquiera; y al momento, nuestra noble, nuestra espiritual India era degradada a un país de latrocinio y lujuria. Para cuando llegaba a este punto, el Dinesh real, como el de la ficción, estaba ya bastante fastidiado, pero a diferencia de éste, aquel se reponía rápidamente y decía: –No tú, por supuesto; esto no es nada personal –y me deslumbraba con una sonrisa en la que tanto sus dientes como sus anteojos tomaban parte.  
Dinesh y yo alquilábamos cuartos en la casa del señor y la señora Malhotra, una pareja de mediana edad y sin hijos, que parecían más hermano y hermana que marido y mujer. Los dos eran pequeños y delicados, y tenían la piel color de marfil, mucho más bella que la de Dinesh, que presentaba algunas marcas de antiguas erupciones. Tenían una sirvienta, Gochi, una vieja y trajinada fregona que llamaba a sus amos Sahibji y Bibiji, una manera respetuosa de dirigirse a ellos, que yo también adopté. Al principio, Dinesh y yo éramos los únicos inquilinos, a pesar de que había otra habitación disponible. La ventaja que tenía aquella casa era que estaba bien situada, en el centro, casi la única vivienda pequeña en aquella zona, rodeada por todas partes de enormes edificios comerciales; pero, por otro lado, era demasiado pequeña, necesitaba urgentemente que la encalaran y tenía muchos resquicios, los cuales se expandían durante la temporada de monzones. Había un patio central con una serie de pequeños cuartos que daban a él; y, frente a la casa, un pedazo de jardín, en el cual estaba plantado un árbol, con una única rama con vida y algunas hojas enfermas colgando de ella. 
Estaba contenta de vivir en un hogar indio, ya que no recibía muchas invitaciones a visitar casas de familia locales; en aquella época había muchas occidentales como yo, enamoradas de la India, y la gente solía reírse de nosotras, quizá porque aquellas que vestíamos saris a veces tropezábamos con ellos y porque, si bien nos extasiábamos escuchando música india, no éramos capaces de diferenciar una raga de otra. Por otro lado, algunas muchachas extranjeras se enredaban con chicos indios respetables, cuyas familias se veían obligadas entonces a encontrarles apresuradamente una novia o enviarlos lejos a estudiar.  
Nada de eso hubo entre Dinesh y yo, si bien llegamos a ser buenos amigos. Él era de Kanpur, hijo de un viuda pobre; había obtenido una beca para la Universidad de Delhi y, tras graduarse, consiguió un trabajo en All India Radio. Quería ser escritor, al igual que algunos de sus amigos, todos ellos con poco dinero de sobra después de que la mayor parte de sus salarios fuera enviada a sus respectivas familias. Muchos de estos amigos se mostraban melancólicos y amargos, pero Dinesh parecía siempre de buen humor, si bien me daba cuenta de que con frecuencia exageraba su algarabía en momentos de estrés. Le sobresalían mucho los huesos de la cara y su cabello, negro como la brea, era lacio, poco firme; sus dientes eran demasiado numerosos y grandes para el tamaño de su boca y, sin embargo, era encantador cuando sonreía.    
Él y yo caminábamos por los parques y jardines públicos, protegiéndonos del sol bajo los mausoleos y toldos mientras continuábamos con nuestras discusiones. Él se reía de la idea mía de que era casi imposible para alguien que no fuera indio entender la India. –Oh, ya veo –decía con divertida ironía, que era su estado de ánimo favorito para los debates. –¿Así que tu opinión es que nosotros no somos como los demás seres humanos sino completamente diferentes, monstruosos y extraños? Y, hablando de ello, ¿qué me dices de ti? ¿Qué me dices de esto? –preguntaba, señalando mi sari. –¿Por qué te viste con esto? ¿Por qué estás enamorada de nuestra música, por no hablar de nuestra comida, nuestros parathas y tandoori rotis y demás? Además, si me permites preguntar, ¿por qué estás aquí finalmente? ¿No es ello algo extraño?–. No me daba tiempo de responder; aunque, de todos modos, ¿qué se podía decir? Todos nosotros en Delhi, pálidos extranjeros, hablábamos sobre ello una y otra vez: qué buscábamos y encontrábamos en la India. –Sí, sí, sí –decía Dinesh, mostrando todos sus dientes al sonreír. –He escuchado hablar de ello: nuestra dimensión espiritual. Pero, ¿dónde está? ¿Me lo puedes decir? ¿Me la puedes enseñar? No importa. Hablamos de otra cosa más interesante, como por ejemplo…  
–Los Malhotras –le decía yo. –Nuestros caseros.


A DINESH no le gustaba el chisme, pero a regañadientes me había contado algo sobre ellos. Era obvio que los Malhotras eran gente de clase media, educados (los dos hablaban buen inglés y el marido era, o había sido, abogado), pero su estatus social se había visto degradado por un escándalo sucedido varios años atrás. Dinesh me indicó brevemente que el asunto había tenido que ver con el contrabando de oro y que los dos estuvieron involucrados. Me quedé sorprendida: ¿los dos? No resultaba difícil creer aquello de Sabih; había algo ansioso en él, como si deseara mucho agradar o, tal vez, ser perdonado. Siempre se mostraba deseoso de entablar una conversación; es decir, mientras estaba en casa, que no era mucho tiempo. Salía por las mañanas, ataviado con su corbata negra y su panamá, dando la impresión de estar yéndose a dirigir algún negocio. Sin embargo, solíamos encontrarlo después en un modesto café, sentado ante una taza y hablando con el mesero. Una tarde lo vi haciendo cola frente a la boletaría de un cine y cuando me vio se llevó un dedo a los labios, divertido y tolerante consigo mismo. Solía regresar tarde a casa y entonces Bibiji nos decía que el trabajo lo había retenido en la oficina. Lo decía en un tono muy serio, que no dejaba lugar a la sospecha de que no existía ninguna oficina. 
Sabih gustaba de hablar de su vida de estudiante de Leyes en Inglaterra y de las comidas que había disfrutado en las tabernas adyacentes a los Tribunales que frecuentaba. Cuando se refería a Inglaterra era como si hablara de un amigo de familia. También estaba interesado en escuchar cosas de los Estados Unidos; nunca había estado allí, pero tenía la esperanza de ir alguna vez, aunque sólo como turista, no como estudiante. Bromeaba diciendo que no había más cosas que aprender a su edad. Luego me solía pedir que adivinara cuántos años tenía. Cuando yo, como hacía normalmente, le decía que pensaba que tenía treinta y cinco, lo cual era como mínimo diez años menos de lo que aparentaba realmente, él se alisaba el cabello y soltaba una risita contenida diciendo que siempre había conseguido engañar a todo el mundo acerca de su edad.  
¿Había estado realmente en la cárcel? Él, algunas veces, se refería a su “problema”, como si esperara que todo el mundo supiera de qué se trataba. Dinesh me contó una vez, después de mucho insistirle, que Sahib había estado encarcelado mientras esperaba su sentencia. Cuando ésta llegó, fue parcialmente absuelto de los cargos, puesto en un periodo de prueba y despojado de su permiso para ejercer el Derecho. Fueron los otros dos acusados en el proceso los que recibieron sentencias de cárcel prolongadas; eran manifiestamente más culpables que Sabih, quien había sido engañado por ellos. ¿Y qué se sabía su esposa? Dinesh se encogía de hombros, decía que ella había tenido que presentarse varias veces ante los Tribunales antes de que se declarara su inocencia. Cuando le pregunté cómo sabía de todo aquello, me respondió que había salido en los diarios. Luego cambió de tema.  
Era imposible pensar que Bibiji había estado envuelta en un caso penal. Era tan orgullosa y delicada, con los dobleces de su sari cayendo suavemente a sus pies… Sus brazaletes y ajorcas eran sólo de vidrio, pero probablemente sustituían a joyas de oro que, debido a las circunstancias, estaban temporalmente ausentes. A diferencia de su esposo, Bibiji no salía de casa frecuentemente. Quizá temía encontrarse con personas que la conocían y tener que preguntarse qué era lo que estaban pensando. Cada vez que conversábamos, ella escudriñaba mi cara en busca de información; no sobre mí, sino sobre ella misma, cuánto sabía yo de ella. A pesar de todo, tal como su esposo, ella parecía ansiosa por platicar con sus inquilinos. Nunca había visitas en la casa, si bien ella estaba preparada para recibir en la sala, que estaba amoblada con un sofá azul, dos sillones que hacían juego y una alfombra. Poseía un juego de té chino y cada tarde lo sacaba y se sentaba en el sofá a disfrutar varias tazas de té acompañadas de galletas digestivas.   
Si yo me encontraba en casa, ella me invitaba a acompañarla. En aquellos ratos solía repetir, como para imprimirlos en mi mente, los detalles de cómo Sahib había estudiado en Inglaterra y era ahora un persona con una profesión, y cómo ella misma había sido educada en un colegio para señoritas, donde aprendió las artes del hogar y música. A veces sacaba su organillo y se sentaba en el piso con él, cantando canciones que mezclaban motivos eróticos con espirituales. Me decía que apreciaba mi amor por la cultura india y luego de estar hablando de mí, pasaba a hablar de Dinesh.
Me contó que lo había conocido en un paradero de autobuses. Cuando el bus llegó, se produjo el alboroto usual para subir y ella fue empujada y cayó al suelo. En aquel desorden sólo una persona se molestó en ayudarla: Dinesh, que a resultas de ello perdió su viaje. Pero a él no le importaba; sólo quería estar seguro de que ella no estaba herida. Aún antes de llegar a conocerse, ella percibió en él una respuesta a algo delicado que había en su interior, y lo mismo en ella con relación a él. Mientras me contaba todo esto, me miró por primera vez directamente a los ojos, sin aquel sesgo de miedo y ansiedad que le era usual.  
Dinesh era muy atento con ella. Se preocupaba de llenar sus baldes con agua durante las horas en que funcionaba el suministro municipal. Notaba si le empezaban a escasear las hojas de té y compraba nuevas para su lata de reserva, si bien luego ella le reponía el dinero que había gastado. Ninguno de los dos podía demostrar hacia el otro toda la generosidad que les hubiera gustado realmente, pero Bibiji cuidaba de él tanto como él de ella; decía que era como una hermano menor para ella. Cuando se rompieron sus anteojos, se los arregló con cinta adhesiva; le preparaba una porción extra de la comida de la tarde que cocinaba para ella y su marido. Esta comida la tomaban los dos esposos, a solas, en su dormitorio, a puertas cerradas. Sólo cuando leí la novela de Dinesh supe que no comían en silencio sino entre murmuraciones feroces y amargas, echándose la culpa el uno al otro por lo que había pasado. 
Fue el ficticio D. quien describió para mí cómo Sabih conoció a aquellos dos hombres que lo hicieron su cómplice. Sucedió en un café del mismo tipo de aquel en la que solíamos encontrarlo ahora, con los mismos manteles manchados de ketchup, pero en aquel entonces él formaba parte de un alegre grupo de amigos, que incluía a un periodista independiente, un médico al que habían despojado de su licencia y el hijo de un industrial. Este último estaba tratando de iniciar un negocio por cuanta propia y fue él quien les presentó a quien sería su socio en aquella empresa. El desconocido era distinto de aquel círculo de amigos: contaba chistes más sucios y se ponía más aceite en el pelo. Decía de sí mismo que era un hombre de negocios y, deseoso de agradar, les invitó a una ronda de kebabs de pollo.
Sahib había terminado sus estudios hacía ya varios años, pero aún no había alquilado una oficina; pensaba hacerlo a partir del momento en que tuviera más clientes. Era, pues, en su casa donde los dos socios iban a visitarlo; decían que necesitaban un abogado para que redactara los contratos de la sociedad y que él era la persona que ellos estaban buscando. Bibiji les llevó vasos de limonada, a fin de poder echarles un ojo. Más tarde le confió a D. que había tenido sus dudas respecto del hombre de negocios desde un comienzo, pero que el hijo del industrial sí le había gustado. No era mucho mayor que un niño, correcto al hablar y con modales aprendidos en una de las mejores escuelas del país.
Iban a la casa todos los días y pronto le ofrecieron a Sahib participar en la empresa. Todo lo que le pedían a cambio era una pequeña inversión para poder comprar oro de ciertos proveedores confiables, el cual sería revendido con un margen de ganancia exorbitante por otros proveedores igualmente confiables. Sahib vacilaba; dijo que debería consultar con su esposa primero. Bibiji se mostraba contraria al proyecto, argumentando su total falta de experiencia; él le mencionaba cuáles serían las ganancias, y los dos discutían los pros y los contras.
Sucedió después, una mañana, mientras Sahib estaba fuera, que el hijo del industrial vino a ver a Bibiji. Ella estaba precisamente disfrutando de una taza de té y platicando con Gochi, la vieja sirvienta, que estaba acuclillada cerca de ella con el vaso de té que formaba parte de su salario. Cuando el visitante arribó, Gochi se esfumó y Bibiji puso otra taza para su invitado. Éste lo elogiaba todo: no sólo la taza de té, sino la alfombra y el tapiz que colgaba de la pared representando a Little Boy Blue, tejido en punto cruz, que ella admitió haberlo hecho con sus propias manos. Resultaba obvio para el hijo del industrial, que también provenía de buena cuna, que ella y Sahib era de buenas familias. Reconoció que lo mismo no podía decirse de su socio; pero entonces se puso a describir un negocio que éste había concluido satisfactoriamente, con beneficios sorprendentes. Se podía esperar el mismo resultado, con toda confianza, de su propia empresa, dijo. Un día, prometió, habría una alfombra aún más costosa en el piso y brazaletes más grandes y pesados en las muñecas de Bibiji. Y tal vez ella misma ya no estaría en esta casa, sino en una de las mansiones nuevas en el sector de los diplomáticos, con un automóvil parado a la puerta. No, dijo sonriendo, no habría necesidad de que ella aprendiera a manejar; tendría un chofer a su disposición día y noche.    
Le harían falta al hijo del industrial sólo dos visitas matutinas más a Bibiji antes de que ella le informara a su esposo que añadiría sus joyas a su aporte de capital para la empresa. Al escuchar esto, Sahib puso el grito en el cielo mientras tocaba el oro que adornaba a su esposa desde el día de su matrimonio. Elle se reía de él: brazaletes más grandes y mejores se compraría, anillos y collares de perlas, y ¿qué diría de un automóvil con chofer?
Todo esto lo describe Dinesh en su novela; cómo Bibiji había persuadido a su esposo, superado su reticencia. Su relato no es de ningún modo reprobatorio; afectuosamente describe D. sus exclamaciones y gestos de júbilo ante el futuro que se avecinaba. Es en los siguientes capítulos donde D. narra las escenas de murmuraciones nocturnas tras la puerta del dormitorio, en las que uno culpa al otro de lo que luego sucedió. –Tuviste suerte –Sahib le dice a su mujer. –Fuiste tú; tú debiste haber ido, tú la culpable, no yo–. Como respuesta Bibiji simplemente levanta sus brazos delgados, cuyos únicos adornos son ahora unas pulseras de vidrio coloreado, adquiridas de un vendedor callejero.     



UN DÍA encontré a Bibiji en su sofá y a Gochi acuclillada junto a ella en el piso; las dos estaban llorando. ¿Qué había sucedido? Me explicaron que la hija y el cuñado de Gochi le habían prohibido volver más a la casa. Habían encontrado otro trabajo para ella, donde el salario era mejor y la paga regular. Gochi se cogía de los pies de Bibiji y derramaba lágrimas sobre ellos, mientras que las de Bibiji caían en el espacio de la cabeza de Gochi en el que su disperso cabello, teñido con alheña, había dejado de crecer. Ambas se mostraban impotentes y sin esperanzas, cada una en su peculiar clase de pobreza.    
Sugerí que se podía conseguir un ingreso adicional alquilando el cuarto vacío que había en la casa a un tercer inquilino; así fue como Karuna –o Kay, como nos dijo que la llamáramos– vino a vivir con nosotros. Yo la había conocido en la Colonia Tibetana, donde extranjeros sin medios como yo comíamos potajes deliciosos que, algunas veces, nos hacían enfermar. Se nos unió allí un nuevo grupo de jóvenes indias, suficientemente modernas como para faltar a la escuela, dejar casa y familia, y descubrir (usando nuestra misma jerga) su propia identidad. Kay no se había escapado de su casa precisamente, pero se había aferrado a sus demandas de independencia y su padre, aunque sin comprenderlas, había terminado por ser indulgente con ellas. Él era un oficial del Ejército, al mando de un cuartel en un puesto de las montañas. Ella hablaba con frecuencia de su padre; parecía admirarlo, aun cuando se reía de lo que ella llamaba su anticuado estilo “do-do”. Él la apoyaba con cheques, frecuentes llamadas telefónicas y cartas que ella sólo a veces respondía.  
Cuando la conocí, ella vivía en una hospedería de la Y.W.C.A. Solía hacer rabiosos chistes sobre aquel lugar y cuando le hablé de la habitación disponible en la casa, se mostró dispuesta a mudarse de inmediato. Debo mencionar ahora que aquellas tres habitaciones disponibles para alquilar no eran sino cubículos, cada uno amueblado con un colchón de cuerdas, un calendario comercial y una jofaina para agua sobre una mesilla. Este interior espartano era a lo que Dinesh estaba acostumbrado –no había conocido otra cosa en su vida– y se acomodaba a mí perfectamente, ya que era ascetismo lo que había venido a encontrar en la India. Se acomodaba a Kay, también, sobre todo debido a que era algo distinto a su casa. De cualquier modo, no pasó mucho tiempo antes de que ella hubiera colocado una alfombra en el piso de cemento y reemplazado el calendario que había con un póster de una estrella de rock ya fallecida.  
A Bibiji le gustó inmediatamente, estaba fascinada por ella, lo cual a Kay le parecía natural. Estaba acostumbrada a que la gente deseara su compañía, y ella se ponía a parlotear con Bibiji y Sahib, quien también se había quedado fascinado. No pienso que les dijera alguna vez algo nuevo o interesante para ellos; era su persona la que les atraía; su forma de hablar y reír de nada en particular, que no fuera la Y.W.C.A. o su familia desesperanzadoramente burguesa.
Dinesh consiguió que la contrataran en la Sección Inglesa de All India Radio. Se convirtió en la pinchadiscos de un programa de pedidos llamado Para ti, con amor, en el que ponía recientes canciones pop de Inglaterra y Norteamérica que habían sido seleccionadas por los escuchas junto con mensajes para sus enamoradas o enamorados. Ella leía estos mensajes con una voz seductora – “Esta es para Bunny: un millón, un billón de gracias, amor, por los ratos maravillosos”– que hacía que Sahib asintiera y sonriera con una especie de reconocimiento, mientras que Bibiji se ponía a mirar hacia abajo, como si ella fuera a quien aquellas palabras estaban dirigidas.    
Dinesh tenía que despertarla frecuentemente a fin de que llegara a tiempo al trabajo. Le gritaba desde la puerta de su habitación sin atreverse a entrar y luego, demasiado tímido para ver a una chica durmiendo en su cama, me hacía entrar a mí. Kay yacía sobre su estómago, con una mejilla enrojecida y caliente, presionada sobre la almohada, gimiendo por café. Sahib había comprado una lata de Nescafé especialmente para ella, y le daba un gran placer entrar corriendo a la cocina, que en otras ocasiones nunca pisaba, para mezclar el agua con el café en polvo y removerlo, antes de pasárselo a Bibiji o a mí para que se lo entregáramos. Dinesh permanecía de pie afuera, al lado de la puerta, mirando hacia el techo y simulando estar disgustado.   
Pero él también parecía disfrutar de la compañía de Kay. Le hablaba con su usual torrente de ideas, muchas veces inconexas y, aunque ella le repetía una y otra vez “fantástico”, en realidad no lo escuchaba y lo interrumpía a ratos, normalmente con algo que no tenía nada que ver con lo que él estaba diciendo, y entonces él dejaba abruptamente de hablar, aturdido. Supongo que su cabeza estaba tan llena de sus propios pensamientos como para dejar sitio para alguna otra cosa más.
Pero una tarde ella le preguntó a Dinesh: –¿Y qué hay de ellos…? Tú sabes –e hizo un gesto en dirección al dormitorio de los Malhotras, donde presumiblemente nuestros arrendadores estaban durmiendo o hablando entre ellos en voz tan baja que no se les oía ni una palabra.  Nosotros tres –sus “huéspedes pagantes” como nos llamaban– estábamos en el patio de la casa, que semejaba un pozo con el sol cayendo por él durante todo el día, si bien en la noche descendía un aire fresco.
–Su caso –ella insistía.
Dinesh sacudió la mano con impaciencia.
–Eso fue hace doce años.
–¡Doce! Yo tenía sólo ocho años.
–Seguramente eras una mocosa desagradable.
–Me veía como un ángel y era un ángel. Todos lo decían –ella ignoraba su risa exagerada. Estaba alisando su cabello, que caía a su alrededor en oscuras ondas de brillos color castaño. No podía verlos bien en la tenue luz de las estrellas, pero sí era consciente del fulgor en los ojos de Dinesh; o quizá lo era sólo de su amordazada excitación. Podíamos escuchar cómo ella, lenta y amorosamente, pasaba el peine por aquel lujo de seda al mismo tiempo que decía:
–¿Debería cortármelo todo? Es realmente una molestia.      
–Si te lo cortaras, podrías llegar a tiempo al trabajo y no ser despedida, lo cual sucederá en cualquier momento –dijo Dinesh.
–Nadie va a echarme. Me quieren demasiado. Pero, hablando seriamente ahora, ¿estuvieron los dos en la cárcel?
–¿Quién te ha estado contando cosas?
–Todos hablan. Tan pronto como escuchan dónde vivo: “¿No son ellos los que estuvieron envueltos en el caso del contrabando de oro?”. Supongo que no lo pueden olvidar.
–Supongo que nadie aprende nunca a ocuparse de sus propios asuntos –dijo Dinesh. 
–¿Crees que nos están escuchando? –ella bajaba la voz. –¿Los dos, con las orejas pegadas a la puerta?
Era fácil de imaginar: la pequeña pareja agazapada detrás de la puerta cerrada del dormitorio, sus corazones saltando, preocupados. “¿Qué estarán diciendo? ¿Estarán hablando de nosotros?”. La idea parecía molestar y avergonzar a Dinesh. Se volvió a Kay:
–¿Así que te gusta sentarte a chismear con tus amigos? “Mis caseros hicieron esto, mis caseros hicieron aquello…”.  
–Bueno, ¿es que lo hicieron? ¿Los dos?
Ahora él ya no estaba seguro de lo que iba a decir. Se dio la vuelta y nos dejó.
–Pero, ¿por qué conmigo se pone de mal humor? –Kay se maravillaba.


REALMENTE le consternaba la actitud de Dinesh. Estaba acostumbrada a ser admirada por los hombres y lo tomaba como algo que le era debido. Allí tenía a Sahib, cada mañana, esperando sin moverse a que gritara por su café y, por las tardes, regresando a casa más temprano que en otras épocas. Parte de un animado círculo social, Kay estaba frecuentemente a punto de salir de casa cuando Sahib llegaba; se la escuchaba maldecir desde su habitación, donde desechaba sin parar un traje tras otro. Sahib acechaba, sonriente, su puerta, sujetando un libro en las manos y, tan pronto como ella aparecía, se lo mostraba diciendo: “¿Conoces este libro? ¿Qué opinas del estilo?”. La mayor parte de las veces ella no tenía tiempo de responderle; pasaba por su lado, rauda, como una onda de energía y fresco perfume que ahogaba su desilusión en puro placer. 
Cuando estaba en casa, ella se paseaba de arriba abajo, hablándole a quien estuviera cerca. Si tenía que escribir una carta a su familia –con muchas frases subrayadas y signos de exclamación– prefería hacerlo en la sala de estar, donde podíamos hacerle compañía. Sahib encontraba entonces su oportunidad. Había hallado una desgastada copia de una novela de Françoise Sagan, que le fascinaba. Preguntaba a Kay: –¿Es verdad? ¿Es así como se comportan las chicas de hoy, tan libremente y sabiendo tanto sobre sexo?–.  La palabra “sexo” –seductora, expectante– se posaba en sus labios, a la espera de que ella la tomara. La risa de Kay aludía a ámbitos de los que él estaba excluido. Sahib apartaba el libro. –¿Y tú? ¿Tienes algún amigo? ¿Un caballero? –guiñaba un ojo. –¿Un enamorado?–. Ella se reía más aún, y él también se reía, disfrutando de la conversación, disfrutando de ser objeto de sus burlas, disfrutando de ella. En aquellos momentos, su verdadera naturaleza –vivaz, alegre– parecía relucir por debajo de su eclipse de deshonra y humillación.     
Cuando Dinesh escuchaba a Sahib, preguntando a Kay sobre libros, le decía a éste:
–¿Qué te hace pensar que ella lee?
–¡Eso es todo lo que sabes decir! –gritaba Kay entonces, añadiendo: –Dinesh me odia–. Pero lo hacía con una sonrisa que mostraba sus sospechas de que aquello no era totalmente cierto.


EN SU novela (como el personaje D.), Dinesh admite que nunca había conocido a nadie como Kay, una chica emancipada de su clase social. Las únicas mujeres que habían estado cerca de él eran su madre y sus hermanas. Era constante el intercambio epistolar entre ellos y muy fácil saber cuándo había llegado una carta con malas noticias. Acabando la mañana, él anunciaba que tenía permiso de la Radio para ausentarse y partía en el tren de la tarde. Al regresar, días después, parecía que había conseguido arreglar todos aquellos problemas que había encontrado en su casa o, al menos, que había aceptado su existencia.
Cuando Dinesh se ausentaba, Bibiji no cantaba con su organillo. Pero el día que regresaba lo volvía a sacar y acompañaba con él una de sus ambiguas canciones de amor, humano o divino. A veces Sahib se paraba a su lado, tapándose los oídos y haciendo muecas juguetonas hacia nosotros. Pero Dinesh, que era un amante de la música india y podía reconocer cada raga desde las primeras notas, escuchaba con respeto. Si ella se equivocaba, él le canturreaba las notas correctas; odiaba las canciones pop que Kay presentaba en su programa y si encontraba a los Malhotras escuchando aquel show ponía cara de asco. –¿Por qué escuchan esa cosa? –decía. –Está hecho por idiotas, para idiotas–.
Una vez Sahib le contestó: –A mí me encanta. Es música para gente joven, ¿es que no te gusta la gente joven?–. Luego se cohibió un poco, como solía hacer cuando estaba a punto de decir algo “picante”. –Yo conozco una joven que a ti te gusta. 
Quizá debimos haber adivinado los sentimientos de Bibiji después de su explosión de rabia de aquella vez. Pero, ¿cómo podíamos saber? ¿Cómo alguien lo podía saber? La actitud de Dinesh hacia las mujeres siempre había sido tuitiva, y tales eran sus sentimientos hacia Bibiji; estaba de acuerdo con que ella lo considerara como a un hermano. Ése era el único tipo de relación con una mujer que él realmente conocía. 
Respecto a Kay, él se veía como un observador no comprometido, analizándola a ella y al tipo que representaba. Probablemente tomaba notas sobre ella, como hacía D. en su novela. Ella, en cambio, tenía mucho menos tiempo para dedicarle; con frecuencia no regresaba a casa después del trabajo sino que se iba con sus amigas a lugares de moda que él nunca había visitado. Muchas de sus amigas se habían escapado de casamientos arreglados o, simplemente, como Kay, habían conseguido que sus familias respetaran el estandarte de su independencia. Lejos de sus madres y nanas por primera vez, andaban desarregladas y sin fijar la atención en nada, dando fiestas por la noche, con música, baile y bebidas. A Dinesh, por supuesto, nunca lo invitaban, pero Kay le decía: –Ellas te quieren conocer–.
–¿Quiénes me quieren conocer?
–Mis amigas.    
–¡Gran honor! –contestaba. Él conocía a algunas de sus amigas por la Radio; lo ignoraban, al igual que a todos lo que trabajan allí para vivir. Pero ahora Kay les había comentado que él era escritor, y eso había elevado su estatus entre ellas, porque se publicaban artículos sobre escritores en las revistas, con fotos de las amigas extranjeras que los habían seguido hasta la India. Dinesh negaba furiosamente ser un escritor; decía que no había publicado nada hasta ahora y que quizá nunca lo haría.  
–¿Entonces qué es lo que andas garabateando todas las noches? –le escuché una vez desafiarlo, ya que, por más tarde que regresara de sus salidas, siempre encontraba la luz encendida en su habitación.
Estaba de pie mirando dentro del cuarto, donde él, sentado en su cama con las piernas cruzadas, tenía una libreta de notas en el regazo. Ella se había soltado el cabello –esta escena aparecía también en la novela– y, enrollando una hebra alrededor de un dedo, dijo: –¿Escribes una novela? ¿Aparezco yo?–. No le molestaba que él la estuviera ignorando. –¿Qué estás escribiendo sobre mí? Déjame ver. ¿O es que es demasiado feo y sucio?
Entonces él levantó la vista; sólo para dejarla caer de nuevo, inmediatamente, porque ella no se había dado cuenta, o simplemente no le importaba, que la parte superior de su sari estuviera desprendida, dejando a la vista sus pechos inadecuadamente protegidos por una pequeña blusa. Él dijo: –Ten la amabilidad de cerrar mi puerta y no volverla a abrir jamás.
–¡Escuchen al señor gruñón! ¿Qué pasa contigo? ¿Qué mosco te ha picado?
Esa noche, D. escribió en su libreta de notas: “Si no fuera estúpida y una tonta, sería puta”. Pero, en otros lugares de la novela, era él quien se llamaba a sí mismo estúpido y tonto.  
No pasó mucho tiempo antes que nos dejara. Ello aconteció un día o dos después de que su padre, el brigadier, viniera de visita… O más bien a inspeccionarnos. Su jeep militar, parado afuera, parecía tan grande como la casa, y él mismo se salía de la silla que ocupaba, sentado con su gruesa pierna cruzada encima del muslo de la otra. Sahib no podía parar de hacerle conversación. Hablaba de golf, de los últimos partidos de prueba de cricket y otros temas que debían serle de interés al visitante. Pero el brigadier permanecía mirando al reloj en su velluda muñeca y preguntando para cuándo esperaban que regresara Kay. Nadie quería informarle que sus horarios eran tan impredecibles como ella misma. 
Tuvo tiempo suficiente para tomarnos la medida y, evidentemente, no pasamos la prueba. Yo era el tipo de extranjera por el cual él no sentía respeto (la “típica hippie”), y el modo cómo observaba a Dinesh, con su camisa gastada de tanto lavar y sus lentes pegados con cinta adhesiva, provocó que Sahib tratara de explicarle rápidamente que se trataba de un escritor. Como el brigadier no dejaba de golpear, con enfado, su bota con su bastón de mando, Bibiji añadió: “Está escribiendo una novela”.
–¿Dónde está ella? –fue su única reacción y, cuando le contaron que había salido con sus amigas, dijo: –¿Qué amigas? ¿Quiénes son?–.
Sabía muy bien, sin embargo, adónde podía ir a divertirse una chica como su hija, con la mesada que él le entregaba. No tenía objeciones para esas amistades: hijas de otros oficiales del Ejército o burócratas de alto rango. Lo que le censuraba era que estuviese viviendo con nosotros, en aquella casa.
Cuando regresó, al siguiente día, permaneció afuera, en el jeep, mientras Kay empacaba sus pertenencias. En silencio, paralizados, la observábamos. Lloraba, pero no estaba desconsolada. Al parecer, su padre no había perdido tiempo en encontrar un lugar adecuado para ella: un cuarto en casa de la viuda de un coronel. –Esa es la gente que papá conoce –decía ella. –Gente dodó como él y burgueses aburridos–. Pero la casa estaba cerca de donde vivían algunas de sus amigas y daban fiestas. –Vendré a visitarlos –prometió. –La pasamanos tan bien–. Pero lo dijo algo distraídamente, mientras aseguraba su maleta, y mordiéndose el labio, como hace la gente cuando piensa en no estar olvidándose nada.      


LOS días que transcurrieron tras la marcha de Kay fueron excepcionalmente calurosos –estábamos a mediados de julio– y, como sucede siempre, la atmósfera de la ciudad estaba recargada. Lo mismo que la atmósfera en casa de los Malhotras. Parecía haber tenido lugar un cambio en las relaciones entre marido y mujer. Estaban de pronto agrios y enfadados el uno con el otro. Quizá fuera éste el modo en que se comportaban siempre, una vez cerrada la puerta de su habitación, pero ahora no esperaban a encontrarse solos. Peleaban debido a la marcha de Kay, culpándose mutuamente por haber dejado que su padre se llevara una impresión equivocada.
Decía Bibiji: –Debiste haberle explicado que eres abogado, que has estudiado en el extranjero, en lugar de todo ese farfullo sobre golf. Y no me gustó la forma cómo miraba a Dineshji.
Sahib le explicaba: –Ya puedes ser un famoso escritor, un graduado de Oxford…, si no les hablas de whisky o de golf, no sirves para lamer sus botas. Pero él sabía que conmigo trataba con un hombre como él. Un caballero.
Ah, ¿sí? Y que más cosas crees que sabía?
¡Nada! ¡No sabía nada!
¿Sí? ¿Cuándo vas por la calle, nadie sabe nada? –su voz se hizo un susurro: ¿Nadie dice: “mira, estuvieron encerrados”?
Él se le acercó, amenazante: Tú me metiste allí.
Ella no retrocedió un centímetro. –Es mi culpa. Todo es mi culpa. Esto es mi culpa –y agitaba sus brazos con los dijes de vidrio. –Como una barrendera. Esto es lo que pensaba: “Mi pobre hija, viviendo en casa de una barrendera”.
Sahib retrocedió. Bajó la voz: Nadie piensa eso. Nadie se atrevería.
Cuando eres pobre, todos se atreven. Te empujan en la calle –Bibiji había empezado a derramar lágrimas. –El lechero al que no le pagas, te comienza a decir cosas.
Él susurraba: Le pagaré mañana. Les pagaré a todos. No, por favor. Sigues siendo mi princesa.
No estuve allí para ver el comienzo de su siguiente pelea, tampoco Dinesh. Aquella pelea era en realidad acerca de él, y está reconstruida en su novela. La escena, en mi traducción, viene así:
–Lo que a él no le gustó fue que D. estuviera viviendo en la misma casa que su hija. Mirándola –dijo Sahib.
–Él no la ha mirado nunca –dijo Bibiji.
–¿Es mi culpa que no tengas ojos para ver?
–¡Nunca en su vida se ha fijado en ella!
–¿Ni siquiera cuando se peinaba el cabello? –sonriendo hizo el gesto, lento y sensual, de una mujer pasándose el peine por el cabello, cada hebra viva, cayendo sobre sus hombros y bajando por su espalda. –No me gustaría que sepas qué es pasaba con él entonces–. Se acercó para susurrarle al oído: –Igual que un perro. ¿Has visto a un perro? 
Fue en ese momento que D., en la novela –y quizá también Dinesh en la vida real–, llegó a casa. Burlón, Sahib se dirigió a él: –¿No la extrañas? –dijo, repitiendo el gesto del peine moviéndose por las ondas de cabello. D. no pudo siquiera hacer como si no entendiese y Bibiji, sin mirarlo, huyó a la cocina. Con sus manos temblorosas, se puso a pelar papas.     
Sahib estaba contento de haberse quedado a solas con D. Le dirigió una sonrisita, de hombre a hombre. –Estas chicas… las manda el diablo para volvernos locos a los pobres hombres. ¿Pero, no es una forma linda de volverse lunático?
-Ya se fue –le dijo Dinesh. –Ahora puedes relajarte.
-¿Y quién quiere relajarse? Que se relajen los muertos. ¿Cuál de los dos crees que le gustó a ella… tú o yo?
D. se fue a su habitación. Su casero lo siguió, ansioso. Se sentó en su cama y lo observó cambiarse la camisa del trabajo por una que estaba demasiado raída para salir a la calle. Los hombros de D., visibles ahora en su ropa interior, no eran anchos ni varoniles, pero Sahib decía: –Al menos eres joven… tienes chances. Quizá le gustabas. Quizá le esté diciendo a su papi en este momento: “Regrésame con él”. ¿No crees que tengo buena imaginación? Yo debería escribir libros, no tú. –Se rió lo suficientemente fuerte como para que Bibiji lo oyera y saliera de la cocina con la papa que estaba pelando.      
-¿Escuchaste? –le preguntó a ella. –Él piensa que yo debo escribir libros y volverme famoso.
-¿Por qué estás sentado en su cama? Párate.
-Y cuando sea famoso todas las chicas van a correr detrás de mí, y será por mí que dirán: “Papito, por qué me alejas de él?”.
-Ay, amigo, estás hablando tonterías. 
Sahib le guiñó el ojo a su mujer. –¿Escuchas? ¿Qué clase de libros puede escribir alguien que piensa que el amor y el romance son tonterías?
D. estaba luchando para ponerse la camisa, pues se sentía temeroso y avergonzado en su raída ropa interior. –Sí, claro, ponte tu ropa –Sahib lo conminó. –No te muestres delante de mi mujer. Va a imaginarse cosas.
–Es él –le dijo desesperada Bibiji a D. –Es él quien se imagina cosas… Sobre ella y tú. Todas mentiras. Eres un mentiroso –dijo, volviéndose a Sahib. –Y sal de este cuarto… No deberías estar aquí con esos pensamientos.
–¿Y qué hay de tus pensamientos? –dijo Sahib, disfrutando de la maldad que nacía en él. –¿Acaso no sé que los tienes? ¿No estoy veinte años casado contigo, acostándome junto a ti mientras piensas cosas?... ¡No sobre mí, claro, quién soy yo, una ruina, pero sobre otros, como tu alojado, que te paga una renta, qué suerte la tuya! 
¿Había ese día, tal como se describe en la novela, un vendaval de polvo? Era la estación propicia… Después de una día de calor infernal, de pronto, vientos salvajes, cargados de la arena del desierto, atravesando en remolino la ciudad. Me parece recordar que yo regresaba de la casa de mi maestra en medio de una tormenta como esa, pero debe de habérmelo sugerido la novela de Dinesh (pues es diestro para esta clase de efectos). De donde haya sido que viniera aquel recuerdo, el caso es que, en mi memoria, la escena en casa de los Malhotras está enmarcada en columnas de polvo que se arremolinan afuera, azotando el árbol, doblando su enfermizo tronco, deshojando completamente su moribunda fronda. Atragantada de polvo, que me escocía los ojos, entré a tientas a la casa. Lo primero que noté fue que las ventanas no se habían cerrado, por lo que el vendaval silbaba dentro tan fuerte como afuera. Fue sólo cuando logré cerrar cada ventana de la casa que me percaté de las personas que estaban allí.
Se encontraban en el living: Bibiji en el piso, sobre la alfombra, no como usualmente se sentaba allí, cantando con su organillo, sino con sus rodillas en alto y escondiendo su rostro en las manos. Dinesh se estaba doblando sobre el sofá, cuando se volvió hacia mí y dijo: “Busca un doctor”.
Escuché gruñir a Sahib: “Déjenme morir”, antes de que realmente lo viera echado en el sofá. 
Dinesh le preguntó a Bibiji: –¿Dónde podemos encontrar a un doctor cerca de aquí?–. Los gruñidos de dolor de Sahib se transformaron en gemidos de pánico: –Nada de doctor.   
–¿Vamos a dejarte sangrar hasta morir? –dijo Dinesh. La sangre se rezumaba por la camisa de Sahib y se iba expandiendo lentamente por todo el pecho. Tenía los ojos cerrados. Su rostro, la palidez de un muerto, pero conservaba energía suficiente para insistir de nuevo: –Nada de doctor.   
Fui a buscar una sábana que retazar para hacer un vendaje. Mientras atravesaba el patio, vi una papa a medio pelar en el piso y no muy lejos, como si lo hubieran arrojado allí, el cuchillo con el que la habían estado pelando. Recogí el cuchillo y encontré sangre además de trozos de cáscara. Dinesh me estaba gritando: “Apúrate”, por lo que en lugar de una sábana rasgué la parte superior de mi sari. Ayudé a Dinesh a enderezar a nuestro casero para que estuviera sentado y pudiéramos aplicarle el vendaje. Sahib gruñía y lloraba allí entre nosotros dos, pero cuando le pregunté si le estábamos haciendo doler dijo que no y por tercera vez añadió: “nada de doctor” y Bibiji ahora lo secundaba.  
La voz de ella lo reanimó: –Quiere que me muera… ¿Por qué otra razón atenta contra mi vida?
Dinesh me dijo: –¿Qué es ese cuchillo?–. Yo lo había olvidado por completo. Lo recogí del lugar donde lo había arrojado antes.
Sahib, ahora vendado y sentado en el sofá, dijo: –Desháganse del arma homicida.   
Bibiji se levantó y me la quitó. La contemplaba al derecho y al revés. Le dijo a Sahib: –Puedes decir que te lo hiciste tú mismo– y le demostraba cómo, llevándose el cuchillo al pecho. 
¿Por qué querría yo mismo matarme y no tú a mí?
La gente suele matarse. Tú mismo, aquella vez, y si yo no hubiese encontrado…
¡Lo compré para las ratas!
Escribiste una nota –le susurró. –Una nota suicida. La policía se la llevó. Está en sus manos.
Él también estaba susurrando ahora; de debilidad y de pena, pero también porque era ese el modo en que se hablaban cuando tenían algo malo que decirse. –Yo me quería morir. Esta es la segunda vez que me matas–. A mí y a Dinesh nos dijo: –Sí, llamen al doctor. Déjenlo que traiga a la policía. Que se la lleven a ella esta vez.
De acuerdo. Que me lleven –dijo ella con indiferencia.
¿Tú? Como si fueras capaz de aguantar allí… ¡Limpia el mango! –y ella se puso a hacerlo en uno de los cojines, pero sin mucha eficacia, por lo que Sahib dijo: –Más, más… Ahora, dámelo… ¡No lo toques! Qué tonta. Cógelo con el sari.    
Así fue como se lo entregó. Apretó sus dedos en el mango, pero estaba demasiado débil para agarrarlo bien y cayó al piso. Todos lo estábamos mirando. Nadie quería cogerlo.
Al fin dijo Dinesh: –Suicidarse es también considerado un delito grave.
Bibiji gimió: –¡Él no ha hecho nada!
Sahib abrió sus ojos. Murmuró: –Traté de matarme. Me clavé un cuchillo.
–¡Fui yo! –se volvió ella a Dinesh: –Tú me has visto. Y has oído lo que dijo. Las mentiras sobre ti. Es por eso que lo hice. No puedo soportar las mentiras –se cayó al piso. Sus hombres temblaban con los gemidos; mudos gemidos, pero eran más de lo que su esposo podía soportar. 
Le dijo: –Era broma. Sabes cómo me gustan las bromas –. A Dinesh le dijo: –Dile que la chica no significaba nada para ti. Dilo.
Dinesh había bajado la vista. Cuando habló, lo hizo con la voz ahogada del hombre veraz que está fabricando una mentira. Pero Sahib pareció satisfecho. Dijo: –Mi pobre mujer. No entiende que cuando aparece una chica es humano ponerse uno gracioso. A todos les pasa. Pero en realidad hay una sola persona, y cuando ella canta y toca su organillo… Oh, oh.
–Creo que se ha desmayado –dije, porque su rostro estaba pálido y había cerrado los ojos otra vez.
–No –con un esfuerzo se acercó a Dinesh: –Dile que es verdad lo de sus canciones: cómo te gustan… Porque son muy bonitas y porque ella es quien las canta–. Cuando Dinesh lo confirmó, con la misma voz ahogada que antes, Sahib se quedó satisfecho y no añadió nada más.  


EN LA novela, el marido muere durante la noche y la mujer se vuelve loca de pena y remordimiento. Pero Sahib no murió, ni Bibiji se volvió loca. En lugar de eso, ella demostró ser muy práctica. Fue ella quien lo cuidó y quien curó su herida cada día. Yo retacé todos mis saris, y con Dinesh los convertimos en vendas. Nunca llamamos a un doctor. La única persona que nos asistió fue Gochi, que trajo un ungüento de hierbas que ayudó a que la herida sanase. No preguntó nada; probablemente estaba acostumbrada a situaciones domésticas difíciles y hasta violentas, y era mujer más sabia que el resto de nosotros. 
Pero nosotros, asimismo, aprendimos a ser menos inocentes. Dado que era necesario un nuevo inquilino para el cuarto de Kay, nos preocupamos de que no fuera una joven sino una mujer de mediana edad la que viniera a la casa. Poco tiempo después, Dinesh solicitó un traslado a su ciudad natal (dijo que su familia lo necesitaba) y para reemplazarlo encontré a una mujer aún más vieja, a quien conocí en casa de mi maestra. Bibiji comenzó a cocinar para sus inquilinos, lo que incrementaba sus ingresos. Los Malhotras no comían ya solos en su habitación, a puertas cerradas, sino que se sentaban con sus inquilinos en la alfombra de la sala, según el modo tradicional, con sus dedos de los pequeños cuencos. A veces Bibiji sacaba su organillo, aunque con menos frecuencia que antes, y sus canciones ya no eran ambiguas sino simplemente espirituales. Las visitas a mi maestra se fueron haciendo menos satisfactorias. Extrañaba, asimismo, a Dinesh. Poco después de que él se marchara para Kanpur, decidí yo también regresar a mi país.
En mi carta de despedida, le describo la situación de la casa: “A veces las tres mujeres están todas tristes, de lo que deduzco que se están contando sus problemas. Gochi, cerca, en cuclillas, se toma su té y aporta sus propios comentarios sobre las vicisitudes de la existencia. No puedo entender siempre lo que dicen, y estoy comenzando a pensar que tienes razón y que en lugar de estar afanándome tanto con los Upanishads, etc., debería aprender mejor el hindi. Puedo hasta ver tu cara… Estarás pensando, ajá, finalmente ya tuvo suficiente de nuestra antigua sabiduría. Pero es sólo que es difícil para mí pensar en todo lo que hay en el mundo, incluidos nosotros, como pura ilusión. No creo que la miseria humana sea una ilusión y, en lugar de andar negando completamente su existencia, me gustaría aprender formas de resolverla. He descubierto que hay un centro budista en Connecticut, no muy lejos de la casa de mis padres. Así que ahora, si quieres, me puedes imaginar con la cabeza rapada, llevando una túnica budista en vez de mis saris. En cualquier caso, como bien sabes, ya no me queda ningún sari; todos se convirtieron en vendas. Pero definitivamente voy a aprender hindi, y así podré traducir tu novela. Como diría Kay: ¿Aparezco en ella? ¿Y los Malhotras? ¿Y la misma Kay, tan ominosamente alisándose el cabello?”
  


INNOCENCE, Ruth Prawer Jhabvala


viernes, 9 de enero de 2015

Infancia





No es la infancia desde el nacimiento hasta cierta edad y a cierta edad
El niño ha crecido, y deja de lado las cosas de niño.
La infancia es el reino en el que nadie muere.

Es decir, nadie que importe. Por supuesto, los parientes lejanos
Mueren, los que uno nunca ha visto o ha visto durante una hora,
Y ofrecieron un dulce en una bolsita a rayas rosadas y verdes, o una navaja,
Y se van, y no se puede decir en realidad que hayan absolutamente vivido.

Y se mueren los gatos. Echados en el piso azotan sus rabos,
Y su reticente pelaje entra de pronto en actividad
Con los piojos que una nunca supo que estaban allí,
Bruñidos y marrones, sabiendo todo lo que hay que saber,
Saliendo en marcha hacia el mundo de los vivos.
Coges una caja de zapatos, pero es demasiado chica, puesto que ahora no se acurrucará:
Entonces encuentras una caja más grande, y lo entierras en el patio, y lloras.
Pero después de un mes no te estás despertando, dos meses,
Un año después, dos años, en medio de la noche
Llorando, con los nudillos en la boca, y diciendo ¡Oh Dios, oh Dios!
La infancia es el reino en el que nadie que importe muere, 
… las madres y los padres no se mueren.

Y si tú has dicho: “Por amor del cielo, ¿tienes que estar siempre besando a alguien?”
O: “¡Desearía preciosamente que dejaras de golpear en la ventana con tu dedal!”
Mañana, o al día siguiente de mañana si es que estabas muy ocupado distrayéndote,
Hay tiempo suficiente para decir: “Lo siento, mamá.”

Haber crecido es sentarse a la mesa con personas que han muerto,
Que ni escuchan ni te hablan;
Que no se toman su té, a pesar de que siempre dicen
Gran alivio ha sido el té. 

Baja corriendo al sótano y trae el último frasco de frambuesas;
No los estás tentando.
Alábalos, pregúntales qué es exactamente lo que dijeron
Aquella vez, al obispo, o al encargado, o a la señora Mason;
No los estás engatusando.  
Levántales la voz, sonroja tu cara, ponte de pie,
Agárralos de sus hombros tiesos, sácalos de sus sillas y
Sacúdelos y grítales;
No los estás asustando, ni ellos siquiera se avergüenzan; se resbalan
De vuelta en sus asientos.

Tu té está ahora frío.
Tómatelo de pie,   
Y vete de la casa.





Childhood is the Kingdom Where Nobody Dies, Edna St. Vincent Millay






jueves, 1 de enero de 2015

Solsticio estival



La noche adolescente, respiro del pueblo,
Columpios y susurros, invisibles hojas de maple
Desplegando la luz lunar con más quietud que un muerto
Después del canto de la langosta. Estas casas eran mías
Y no lo son ahora para siempre, en los escalones estos
Niños que imagino dispersos en muchos lugares,
Perdidos entre años mudos, y tan extrañamente conocidos.

Este asunto está ya acabado. Si en la oscuridad
Refulge la luciérnaga y cae desde su altura,
Pero la mano de alguien la acoge, el húmedo gras
No es más su lecho. Desde rincones del césped
Vestidos albos de crepúsculo ondean y desaparecen.
Antes de nuestra hora de dormir había cosas que decir,
Recordando la corteza del árbol, grillos, la primera estrella…   

    Después, y mientras la murria del tiempo
    Dejaba atrás al verano, aquí en un país ajeno
    Di forma a mi temor perfecto y flor de mi pensamiento:
    No siendo ya presto el sueño en los brazos del dolor,
    Son pertinentes las revisitaciones con un carraspeo,
    Y hay algo que podría volver a decir si no hubiese
    Omitido hacerlo para siempre, si quedara tiempo.  




Midsummer, Robert Fitzgerald

La mano en el arado (Ruy de Moura Belo)

LA MANO EN EL ARADO F eliz aquel que administra sabiamente la tristeza y aprende a repartirla entre los días Pueden pasar los meses y los...