lunes, 22 de julio de 2019

Odiseo




Quería dejar de pensar en la muerte.
Ocurría, de pronto ocurría: el cielo bajo, tan blanco –nubes y nubes–, la causa de todo; o quizá era ese aire denso, húmedo, el hálito de neblina, subirse al colectivo después del avión –la maleta de viaje bien sujeta–, los cambios de velocidad, las voces ligeras, avezadas, tan frescas, sabihondas.
Y esas gotas de agua en las ventanas, corriéndose cada vez que se reiniciaba la marcha.
O, más bien, la velocidad que todo tomaba. Y la altura del mar. El ruido del mar que no se escuchaba, que se imaginaba o que se olía –pescado, gaviotas– y luego las escarpaduras que orillaban el lecho del río, limpio, desbrozado, dejando discurrir un agua turbia.
La sensación de paño húmedo, de lana fría, de champú corriente, de toalla mohosa, junto con un vacío a la altura del estómago –largas caminatas, contar monedas, estirar la ropa sucia oliendo a sudor, perdiendo su forma– y los ojos cerrados: antes, mucho antes, cuando era víctima de alguna clase de decaimiento, solía dejarse ir hacia un vacío en que parecía que solo la tierra murmuraba, como un eco de siglos que no se interrumpía.
 ¿No era ahora ese murmullo como una bulla de teléfonos, voces de la radio, frenos desgastados, angustiosos llamados de atención, algo en la ventana, pasajero, cristalino, como surgiendo por primera vez, como dando razón de un fondo oscuro, como si fuese todo, todo lo que había y acogía en su pacífica falta de armonía, hilarante, permisivo y efímero?


*


Dentro del departamento el olor impregnado en la ropa, en las cortinas, en el planchador –también una cierta molicie en la madera, en los objetos– era más aparente que real; aquellas sensaciones eran equívocas, como si penetraran más bien por los ojos, mientras él caminaba de un lado a otro, formándose y deshaciéndose continuamente.
¿Qué podía hacer? ¿Retirar los restos de comida del refrigerador, sacar afuera la basura, ordenar los periódicos pasados?
Nada había cambiado de lugar. Por eso se le pasó por la cabeza la idea de que estaba allí, al otro lado del pasillo. Cuando llegó al dormitorio se dio de bruces con la pesadilla: la cama tendida, el radio-reloj sobre el velador, el ropero abierto; curiosamente había elegido –sin saber que iba a ser la última vez– una de sus camisas menos llamativas. Recordó cómo un día acabó por repugnarle lo que se gastaba en camisas; pero también otras cosas: cómo caminaba, su manera de hablar…
El aroma de su perfume, emanando del cuarto de baño que acababa de abrir, detuvo aquel peligroso remolino mental. Por la pequeña ventana que daba al patio de la quinta vecina entraba una luz matutina que lo ponía todo en evidencia: polvo, caspa, insectos, manchas en el espejo. El jaboncillo tenía aún espuma, pero la navaja estaba limpia.
La cortina de la bañera era una lámina de ámbar; la tapa del retrete estaba levantada y en el charco del fondo había un reflejo ovalado del cielo. Dio media vuelta. Una estrecha estantería se apoyaba en uno de los lados del pasillo. La cortina que la cubría era un satén que colgaba de un cordel combado, anudado en dos alcayatas. Al andar la fue descorriendo.
Las cosas que dejó cada uno estaban aún allí, en su lugar de siempre. Sin embargo, quiso una prueba más: en la balda inferior había un libro grueso, de tapas blandas y carcomidas, del que nunca se había podido olvidar. Sus páginas habían envejecido, pero aún se podían ver sus marcas, las que habían dejado sus propias manos temblorosas. Entre dos páginas amarillentas, un ticket azul. Era una entrada de cine.
El olor se hizo irresistible; la humedad, con los años, se había asentado en cada fibra, en cada nervadura. Pero era solo una diferencia de grado.
Había estado siempre allí.


*


Al salir tiró fuertemente de la puerta. Su llave, que no había vuelto a usar desde hacía tantos años, la había dejado dentro, en el clavo en el que, cuando llegaba de la calle, la solía colgar, con un ligero vaivén. Que encontraran el pestillo descorrido: qué importaba.
Las baldosas del descansillo estaban húmedas; las chefleras en sus maceteros pujaban por la escasa luz de un ventano elevado.
            El día en que se marchó de allí había sentido aquella misma fuerza tirando de él hacia atrás. Pero la había vencido, a pesar de que nunca arrojó la llave a una alcantarilla, como prometió hacer.
            No regreses. Olvida a todos. Siempre. Mira el cielo claro. Adiós, adiós. El aire, la vida. Nunca más.
En efecto, su padre se había despedido de él aquella vez, pensó.
Ahora no había nadie. Un escobillón sucio, olvidado en un rincón.
Aquel loro, al otro lado del patio, que se hacía importunamente de sus palabras, debía haberse ido hace años.   
Si bien había concluido que era mejor no tocar nada, no resistió finalmente la tentación de tomar el escobillón y empujar ligeramente una portezuela para que entrara el aire del respiradero.  


(Roberto Zeballos Rebaza) 


domingo, 27 de mayo de 2018

La mano en el arado (Ruy de Moura Belo)




LA MANO EN EL ARADO

Feliz aquel que administra sabiamente
la tristeza y aprende a repartirla entre los días
Pueden pasar los meses y los años nunca le faltará

Qué triste es envejecer a la puerta
entretejer en las manos un corazón tardío
Qué triste es arriesgar en humanos regresos
el equilibrio azul de las extremas mañanas de verano
a lo largo del mar que nos transborda
en el demorado adiós de nuestra condición
Es triste en el jardín la soledad del sol
verlo desde el rumor y las casas de la ciudad
hasta una vaga promesa de río
y la vida pequeñita que se concede a las uñas
Mas triste es que tengamos que nacer y morir
y que haya árboles al final de la calle

Es triste ir por la vida como aquel
que regresa y entrar con humildad engañados muerte adentro
Es triste en el otoño llegar a la conclusión
de que el verano era la única estación
Pasó el viento solidario y no lo conocimos
y no supimos ir hasta el fondo del verdor
como ríos que saben dónde encontrar el mar
y con qué puentes con qué calles con qué gentes con qué montes convivir
a través de palabras de un agua ya dicha para siempre
Pero lo más triste es recordar los gestos del día siguiente

Triste es comprar castañas después de la corrida
entre el humo y el domingo en la tarde de noviembre
y tener como futuro el asfalto y mucha gente
y detrás la vida sin ninguna infancia
volviendo a ver todo esto un tiempo después
La tarde muere a lo largo de los días
Es muy triste andar entre la ausencia de Dios

Pero, poeta, administra la tristeza con sabiduría.






A mão no arado

Feliz aquele que administra sabiamente
a tristeza e aprende a reparti-la pelos dias
Podem passar os meses e os anos nunca lhe faltará.
Oh! como é triste envelhecer à porta
entretecer nas mãos um coração tardio
Oh! como é triste arriscar em humanos regressos
o equilíbrio azul das extremas manhã do verão
ao longo do mar transbordante de nós
no demorado adeus da nossa condição
É triste no jardim a solidão do sol
vê-lo desde or umor e as casas da cidade
até uma vaga promessa de rio
e a pequenina vida que se condece às unhas
Mais triste é termos de nascer e morrer
e haver árvores ao fim da rua

É triste ir pela vida como quem
regressa e entrar humildemente por engano pela morte dentro
É triste no outono concluir
que era o verão a única estação
Passou o solidário vento e não o conhecemos
e não soubemos ir até ao fundo da verdura
como rios que sabem onde encontrar o mar
e com que pontes com que ruas com que gentes com que montes conviver
através de palavras de uma água para sempre dita
Mas o mais triste é recordar os gestos de amanhã

Triste é comprar castanhas despois da tourada
entre o fumo e o domingo na tarde de novembro
e ter como futuro o asfalto e muita gente
e atrás a vida sem nenhuma infância
revendo tudo isto algum tempo depois
A tarde morre pelos dias fora
É muito triste andar per entre Deus ausente

Mas, ó poeta, administra a tristeza sabiamente.



Ruy de Moura Belo 
(São João da Ribeira, Rio Maior, 
Portugal, 1933-1978)
de El problema de la habitaciónEdiciones sequitur, Madrid, 2009
Traducción de Luis González Platón



domingo, 28 de enero de 2018

Requiem de año nuevo

En este negro primer día del año nació
    papá hay que ver
estos ochenta y seis años atrás quien ahora
    no respira ni ocupa
masa corporal alguna hace ya diez pero 
    todavía yo no me acostumbro.
Mi mente puede darle forma en esta silla
    a él que ninguna silla sostiene.
Cada año en esta noche al borde de una nueva
    circunferencia me paro y miro
hacia él, las carreteras se llenan de borrachos,
    y a papá que se emborrachó hasta
el fin no se le halla. Papá, estoy a mitad de camino
    de la muerte yo también. El milenio
se me acerca, y el niño que llevo dentro quien
    lleva tu fuego en sus miembros
sigue mi estela. ¿Por qué no puedes renacer ya
    grande para mí? Si alzo mis brazos
aquí en la oscuridad, ¿por qué no puedes
    agacharte y levantarme?   
Esta pesada carcasa que obtuve de la tuya es
    tutelaje de amor, pero cada año
si bien una ranura más vieja aún no puedo ni
    alcanzarte ni escapar
de la monolítica sombra que dejaste.



Requiem for the New Year BY MARY KARR

sábado, 5 de agosto de 2017

el invierno



Pinterest: @xonorolemodelz




También los domingos mi padre madrugaba

y se ponía sus ropas en el frío azul oscuro,

luego con las manos cuarteadas que dolían

del trabajo en la inclemencia semanal encendía

las llamas estancadas. Nunca nadie le agradeció.



Yo me despertaba y oía al frío astillarse, quebrarse.

Cuando los cuartos estaban calientes, él llamaba,

y lentamente me levantaba y me vestía,

de miedo de las iras habituales de aquella casa,



Hablándole con indiferencia, a él

que había espantado el frío

y lustrado mis zapatos buenos, también.

¿Qué sabía yo, qué sabía yo de las

obras austeras y solitarias del amor?   



Those Winter Sundays
Robert Hayden, 1913 - 1980


  

martes, 25 de julio de 2017

frío


ourbedtimedreams: Untitled by sner3jp Via Flickr






aunque sé que nunca se te puede encontrar
aunque sé que ni desde la altura más alta
se te puede ver no estás escondiéndote
de mí o sí es por cómo te ves ahora
o quizá por cómo me veo yo ahora tantos años después
y lugares vistos gente conocida sin saber nunca
quién era yo o cómo me miraban los otros o no me miraban
o cómo estás donde quiera que estés si te escribo una carta
no tendré respuestas si grito para que vengas en mi hora
final no vendrás pero aun así te buscaré 




the dark tree, the cold sea
Emily Fragos 

Odiseo

Quería dejar de pensar en la muerte. Ocurría, de pronto ocurría : el cielo bajo, tan blanco –nubes y nubes–, la causa de todo; o qui...